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/LA NACIÓN

Fiaca


Víctor J. Flury
marlowe@racsa.co.cr


El desorden, la rivalidad, la ignorancia, el esnobismo, la curiosidad, la maledicencia, la tontería, la mentira, la fealdad y la gula tuvieron, en su día, agudos defensores. Wimpi, el humorista uruguayo, hizo una lista de ellos: Gérard Bauer, André Beaunir, Able Bonnard, Émile Henriot, Able Hermant, Louis Latzarus, Esteban Rey, Francis de Miomandre, Juan Luis Vaudoyer fueron los nombres de aquellos insignes pleiteros.

Yo deseo hoy, humildemente, incorporar la fiaca –voz de gran uso rioplatense– a esta nómina, y resguardarla de toda crítica destructiva; y primero y principal, de aquel prejuicio que la equipara con la simple pereza.

Una comedia teatral, representada, si no me equivoco, en Costa Rica ( La fiaca, 1967), descubría la verdadera esencia del fenómeno: la fiaca no era otra cosa que una reacción de golpe contra la mismidad de lo mismo –enseñaba la obra–, un asueto en plena jornada, una huelga unipersonal, un corte de mangas a la rutina...

Elogio de la lentitud. El tema de la fiaca, amigo, continúa vigente; y a mí me lo removió, una tarde cualquiera de diciembre, la lectura de Elogio de la lentitud, libro del pensador sueco Owe Wikström, quien habla aquí de los dos bienes más escasos de la actualidad: el placer de la vida y la seriedad profunda, bienes a los que cada tipo accede por medio de una vida sin prisa, lenta, demorona.

Entonces, puse las baterías en alfa y se me aclaró el presente: si uno quiere un vivir pausado, me dije, debe refrenar el paso ahora, ya; y refrenarlo implica… ¡fiaca! Pum al estrés.

La fiaca nos permite contemplar, ¿usted sabe?, un poco el mundo desde la quietud. Luego de eso, cierto, habrá que mover de nuevo las ruedas, aunque de un modo diferente, despacioso y fruitivo a la vez.

¡Ah… y un feliz 2007!

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