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EN Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Un fugaz y casi invisible episodio, en una gradería, en el pasado Festival de la Luz, nos depara una oportunidad para una cuestión preponderante en la vida en democracia: los odiosos privilegios. Allá vamos. Con este nombre publicó Marco Quirós, el sábado anterior, un artículo en la sección Foro de este periódico. Nos relata que se ubicó con dos sobrinos en la esquina noroeste de la iglesia de La Merced, donde habían instalado un toldo los representantes de la Comisión Nacional de Emergencias (CNE). Algunos espectadores, por su parte, se colocaron en un espacio un poco más alto cerca de la iglesia para disfrutar de mayor visibilidad. Mas, para sorpresa de todos, “los señores de la CNE” llamaron a cuatro oficiales de Policía para que bajaran a quienes se habían situado en esa especie de mirador hechizo para gozar del festival. Estos descendieron obedientes a la autoridad, pero, en su lugar, se quedaron los familiares o invitados de “los señores de la CNE”, incluyendo los niños. Uno de los espectadores obligado a descender fue a parlamentar con un oficial, pero este, según el quejoso, “lo amenazó con llevárselo a la comandancia por desacato a la autoridad”. En fin, si el bajonazo se debió a razones de seguridad, deberían haber bajado todos. Y si fue por exceso de autoridad, la cosa cambia. La anécdota es simple, pero aleccionadora: el poder corrompe, pero también atonta. En esta versión, atontó a quienes dieron la orden, pero también a los policías. Esta parece una escena insignificante, pero la envergadura de las tentaciones del poder son ilimitadas y no hacen acepción de personas, estatus o valimiento social. Es conocido el caso de un varón justo en su barriada que, no más designado limpiador de pisos en la Casa Presidencial, cambió de personalidad. ¡Ya era barrendero de la presidencia! Esto puede pasar con las posaderas en las curules –que es su principal función–, en los ministerios, en las juntas directivas, en el policía de la esquina o en el acto de manejar un vehículo. El poder tiene muchas caras… El poder es demoníaco: desdibuja la distinción entre el bien y el mal. Una de sus caras es precisamente la corrupción y su terrible floración: el cinismo y la pérdida del sentido de culpa, como lo demuestran la carta póstuma de Pinochet o ciertos personajes de la vida nacional… Perdonen “los señores de la CNE” el salto dialéctico, pero es necesario cuidarse de no pasar del “poder de” (poder posible) al “poder sobre” o dominación sobre las personas o sobre la ley. ¿No es, acaso, la Navidad la gran lección del poder como servicio?
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