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EDITORIAL

Un mensaje de firmeza

Las sanciones de la ONU contra Irán tienen un gran significado político
Lo más destacable es la buena coordinación internacional frente al desafío nuclear


El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas adoptó, el sábado, una resolución que, aunque poco amplia en sus implicaciones prácticas inmediatas, tiene un enorme significado político. Se trata de la imposición de sanciones al régimen de Irán, por continuar con un programa nuclear que ha definido como “pacífico”, pero que tiene claros propósitos militares y puede generar funestas consecuencias en el Cercano Oriente, Asia Central y más allá.

Las sanciones se limitan a dos ámbitos específicos. Por un lado, prohíben cualquier tipo de entrega de tecnología, material o equipo destinados a la producción atómica; por otro, congelan los activos financieros de algunas entidades y ciudadanos iraníes involucrados en el programa, e imponen a estos últimos controles en sus viajes. Por esto, su impacto real sobre el Gobierno de Teherán y sus proyectos será modesto.

Sin embargo, sus implicaciones político-diplomáticas son de mucha mayor envergadura. Lo más trascendental es que la resolución fue adoptada por la unanimidad de los 15 miembros del Consejo; es decir, no se puede calificar como un simple reflejo de sus miembros permanentes (que tienen poder de veto), ni como una imposición de la Unión Europea (UE) o Estados Unidos al resto de los representantes. Al contrario, refleja un clamor mundial, que no podrá ser desoído por las autoridades iraníes, aunque su presidente, el ultraconservador Mahmoud Ahmadinejad, calificara el acuerdo como “un pedazo de papel”, lo rechazará vehementemente, y anunciará que el desarrollo nuclear seguirá adelante.

El hecho de que, por ahora, las sanciones se reduzcan a un ámbito muy específico, no elimina la posibilidad de que, si no hay respuesta aceptable de Irán, se pueda dar otro paso, y extenderlas.

También debe tomarse en cuenta, para aquilatar su importancia, que la decisión forma parte de un complejo proceso de respuesta internacional frente al desafío atómico, que ha logrado avanzar en la concertación de diversos países (incluidas las principales potencias), a pesar de las maniobras iraníes para crear divisiones entre ellos. El más inmediato precedente fue precisamente el vencimiento, el 31 de agosto pasado, del plazo que el mismo Consejo de Seguridad había establecido para la suspensión completa del enriquecimiento de uranio en las plantas nucleares de Irán, lo cual abría ya la posibilidad de sanciones.

En aquella oportunidad, se hicieron grandes esfuerzos por activar contactos y negociaciones con el régimen, para que frenaran el desarrollo del programa. La UE tuvo una intensa actividad, con más de una reunión entre su representante de política exterior, Javier Solana, y el principal negociador de Teherán, todo en aras de evitar las sanciones. Pero no fue posible alcanzar ningún acuerdo razonable. La consecuencia fue la significativa resolución unánime.

No existe ninguna certeza de que, ante esta muestra de solidez por parte del Consejo, se produzca un cambio en Irán. Recordemos, por ejemplo, que, a pesar de ser un país mucho más débil y estar en una situación económica desesperada, Corea del Norte ha desatendido todos los llamados y sanciones de la ONU, y ha seguido adelante con sus pruebas atómicas militares.

Con su riqueza petrolera, su dimensión geográfica, sus vínculos con sectores extremistas del islamismo chiita, y sus alianzas establecidas con algunos regímenes del Cercano Oriente, el régimen iraní tiene un margen de maniobra mucho mayor. Esto implica que será muy difícil alcanzar una solución a corto plazo. Pero, en medio de esta complejidad, resulta esencial que la comunidad internacional haya seguido avanzando por el camino correcto, con mesura, pero también firmeza. Mientras se mantenga esta estrategia, aún existen esperanzas de un desenlace favorable para la paz mundial.

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