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Voluntario de la Cruz Roja salvó ya a más de 900 bañistas Aunque auxilió a cientos, solo una persona le dio las gracias y un abrazoDice que turistas se ahogan por ingresar ebrios al mar y a pozas de ríos Nicolás Aguilar R. naguilar@nacion.com Jacó, Garabito. A lo lejos solo se podían ver dos manos que se agitaban entre el furioso oleaje. En la playa, tomada por cientos de turistas, el desconcierto de los bañistas es generalizado. “Ese mae se está ahogando, pero yo ni loco me meto porque no sé nadar”, expresa un joven de porte atlético, quien tomaba el sol acostado en la arena. Otros bañistas intentan acercarse al infortunado, pero el embate de las olas los obliga a retroceder descorazonados. La suerte del veraneante parece estar decidida, pero de repente surge un hombre, quien a primera vista parece un pescador de la zona. Él se quita apresuradamente los pantalones, su camisa y zapatos para lanzarse al mar en calzoncillos. Sus fuertes brazadas lo llevan muy pronto hasta el turista, un hombre de unos 20 años, quien está a punto de sucumbir tras chapotear alocadamente durante casi 15 minutos, en una frenética lucha contra la muerte.
Tiene espuma en la boca y los ojos desorbitados. Cuando el desconocido se le acerca, el desesperado bañista intenta sujetarlo del cuello, pero el hombre lo evita y le grita que se tranquilice, que todo saldrá bien y promete salvarle la vida. El joven, quien no deja de toser debido a la cantidad de agua salada que tragó, asiente y sigue las instrucciones del nadador, quien lo sujeta fuertemente con un brazo, mientras con el otro bracea para dirigirse hacia la costa. Allí, decenas de personas esperan emocionadas y nerviosas. El turista, fuera de peligro, es atendido por paramédicos y lo trasladan para un chequeo médico a la clínica de Jacó. Su salvador, a quien nadie abraza ni felicita, recoge sus pertenencias esparcidas por la playa y se retira como llegó, en silencio, sin aplausos ni gratitudes. Así es la vida de Gerardo Samudio Castillo, de 42 años, hijo de un hogar campesino de esta comunidad costera del Pacífico quien, de acuerdo con registros oficiales, ha salvado a más de 900 turistas desde 1982, cuando ingresó como voluntario a la Cruz Roja. Es un hombre sencillo y quienes lo conocen aseguran que “es de ese tipo de personas que habla poco, para no ofender a nadie”. Samudio ha retado la furia del mar en tantas ocasiones que ya hace mucho tiempo perdió la cuenta de las personas rescatadas. “Son muchísimos, ya ni se cuántos, pero espero que Dios me dé vida y fuerzas para seguir ayudando. Cuando salvo a alguien siento una felicidad difícil de explicar...”, afirma este experimentado salvavidas de Jacó. En riesgo. Muchas veces –también perdió la cuenta– estuvo a punto de morir debido a lo picado del mar. “Dios me ha dado fuerzas para no soltar a la persona y salir juntos, a veces arrastrándome, sin aire, hasta un sitio seguro”. Curiosamente, y Samudio lo cuenta sin rencor, casi ninguno de los más de 900 rescatados le dio las gracias y mucho menos la mano. “Yo no espero que me agradezcan nada. Yo salvo vidas porque me motiva. La gente se recupera, abraza a sus familiares y amigos, veo a todos felices y eso es más que suficiente”, añade mientras camina por la playa de Jacó sin dejar de observar a decenas de personas que disfrutan del juego con el mar. Sí tiene muy presente que un hombre a quien rescató en Jacó le dio las gracias, eso sí, mucho tiempo después del suceso. “Una vez fui con una hermana a una tienda en Alajuela. El muchacho que nos atendió me preguntó que si yo era de Jacó y cuando le dije que sí me reconoció. Dijo que yo le había salvado la vida y me dio un abrazo. Ese día sentí algo extraño y se me vinieron las lágrimas”. Razones. “Puedo asegurarle que la mayoría de la gente se ahoga por imprudencia. Muchos se meten borrachos o drogados. Otros comen y no esperan la digestión”, comenta. De acuerdo con estadísticas de la Cruz Roja, este año, hasta el jueves, murieron ahogadas 124 personas, la mayoría en playas del Pacífico. En muchos casos se trató de personas jóvenes, en estado de ebriedad, que se metieron al mar sin preguntar por las características de las corrientes. Otros perecieron en pozas de ríos o fueron arrastrados por la corriente.
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