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El mejor regalo de Navidad

A sus 78 años de edad, Antonio Méndez recibió el mejor regalo de Navidad

Jaime Jiménez Solera
jjimenez@cwpanama.net


Siempre había creído que la Navidad era especialmente para los niños que esperan con impaciencia los regalos que les traerá San Nicolás, Santa Claus, el Niño Dios, los Reyes Magos o el personaje que corresponda a la tradición de cada pueblo. El intercambio de regalos que se hace entre las personas mayores es solamente un gesto de cortesía.

Pero a veces suceden cosas que tienen un enorme significado, y si coinciden con la época navideña, las consideramos como un regalo especial que Dios nos da.

Antonio Méndez tenía un único hijo que, a la edad de 18 años, allá por la década de 1960, emigró a los Estados Unidos y se enlistó en el ejército norteamericano para el tiempo de la guerra de Vietnam. Pocos días antes de salir para el frente, en un gesto muy frecuente entre los soldados, decidió casarse de improviso con su novia, Johana, sin siquiera informarles a sus padres. Él pensaba regresar pronto y formar una familia, pero el destino le tenía reservada otra cosa, y a los dos meses de estar en el frente lo dieron por “desaparecido en combate”, que es un término que se utiliza cuando no se puede certificar su muerte, y que incluye a quienes pudieron haber caído prisioneros o simplemente de aquellos de quienes jamás se supo el paradero.

Dolorosa pérdida. La noticia fue terrible par los Méndez y para todo el pueblo de Escuintla que quería mucho a Luis, el hijo de Antonio. Doña Isabel, la esposa de Antonio, murió dos años después, sin haber podido recuperarse de tan dolorosa pérdida.

Una hermana de Antonio vino a acompañarlo, pero murió también y él se quedó viviendo solo, atendido por sus fieles sirvientes, y con las visitas ocasionales de sus viejas amistades.

El pasado año, a las 6 p. m. del 24 de diciembre, llamaron a la puerta de la casa de Antonio. María, la criada, salió a abrir y se encontró a una joven muy elegante, que en un español con acento le preguntó si estaba don Antonio. María le dijo que sí y que iría a llamarlo. Cuando Antonio llegó a la puerta, preguntó a la joven en qué podía servirla, y ella sonriendo le respondió: “Que me deje pasar porque yo soy Stella, su nieta”. El asombro de Antonio no tuvo límites, porque nunca supo del matrimonio de su hijo y menos de que había dejado descendencia. Stella comenzó a contarle sobre su vida y le enseñó papeles que daban fe de lo que estaba hablando.

Abnegada investigación. Stella le explicó todo lo que había tenido que hacer para localizarlo, dada la poca información que le quedó a su mamá sobre su padre. Lo único que pudieron obtener del registro de Luis en el ejército fue que era guatemalteco y el nombre de sus padres. Ella había comenzado por aprender español para facilitarse la búsqueda de sus abuelos. Quiso investigar sobre las familias Méndez de Guatemala, pero eran muchas. Después, en un papel de la licencia de matrimonio de sus padres, encontró el nombre de Escuintla, y eso le sirvió para su investigación. Stella preguntó por su abuela, y Antonio le contó que había fallecido dos años después de Luis.

Antonio no creía lo que le estaba sucediendo, y eufórico tomó el teléfono para llamar a todas sus amistades y contarles que tenía una nieta, que había llegado a su casa como un regalo de Navidad.

Ocurre a veces, que la vida nos sorprende con sucesos que no esperábamos, no siempre felices, como en el caso de Antonio, pero que pueden cambiar en instantes el curso de nuestras vidas. Sin ser un niño, Antonio Méndez a sus 78 años, recibió el mejor regalo de Navidad. Y corrió al teléfono para hacer partícipes a sus amigos del regalo que había recibido, de igual manera que yo lo hice cuando tenía 6 años y llamé a mis amigos para enseñarles el tren eléctrico que me había traído el Niño Dios.

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