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En vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Un día Diógenes estaba tomando el sol en el Cráneo (el gimnasio de Corinto). Llegó Alejandro Magno y le dijo: “Pídeme lo que desees”. Y Diógenes le respondió: “Apártate pues me tapas el sol”. El poder no hace la felicidad. Platón nos alecciona, en el Gorgias, contra la voracidad, pues los hombres ordenados son más felices que los desenfrenados, e identifica la felicidad con la armonía del alma. La Apología de Sócrates, y su vida, nos orientan sobre la felicidad, y Aristóteles nos dice, en la Ética a Nicómaco, que este bien consiste en la contemplación de la verdad. La literatura griega, el judaísmo, el cristianismo, Confucio, Buda y otros abundan en reflexiones sobre esta insaciable sed humana. Rebusqué estos textos al saber de la publicación de un estudio reciente de un grupo de intelectuales sobre la felicidad, forjada por cinco claves: amor, amistad y familia (30%); trabajo placentero (20%), buena salud (25%), tiempo libre (20%) y el dinero (5%). Me asaltan varias dudas: no figuran la libertad, la virtud, el sentido de la vida y de trascendencia, la solidaridad, la compasión y otros valores incomparables en el orden de la cultura. De aquí que, según esas cinco claves, una familia de mafiosos podría ser feliz. Además, dudo que con el 5% del componente dinero sea posible alcanzar lo demás. El estudio da por seguros los siguientes bienes: techo, comida, ingreso decente, pero la felicidad –dice– anda por otro lado. En consecuencia, el misero 5% del dinero tiene, entonces, un valor muy alto como sostén del edificio de la felicidad. (Hasta el apóstol Pedro dice que sin un mínimo de bienestar material no se puede practicar la virtud). ¿Por qué esta falacia? Porque se está partiendo precisamente de un concepto de felicidad que es falso, que carece de sus genuinos ingredientes espirituales, como sentencian los grandes pensadores de la humanidad, de oriente y de occidente. En pocas palabras, la cuestión no está en el tener, sino en el ser, sin que esto suponga, en modo alguno, desprecio por el tener. Es cierto, “por tener-siempre-más, corremos el riesgo de no- ser-más”. De aquí la fórmula de un viejo mentor: “Vivir libre de culpa, libre de odio y libre de temor”, y, agrego, abrevando en lo mejor de Grecia, “libre de excesos”, se tenga poca, ninguna o mucha plata. Esta es la plataforma ética para todo auténtico progreso personal o social. Y, si se me permite el comercial políticamente incorrecto hoy, diría que esta es la esencia de la Navidad. ¡Oh felicidad! No podemos prescindir jamás de Jerusalén ni de Atenas… FELIZ… NAVIDAD.
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