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La duda apasiona No tenemos disposiciones de fácil aplicación para diferencias electorales estrechasGermán Serrano Pinto Abogado Oscar Wilde afirma: “Creer es harto monótono; la duda es profundamente apasionante”. Tal vez por eso y porque no hay elección a la vista, me atrevo a comentar un hecho que se ha presentado en varias elecciones nacionales recientes y que para no ser señalados de malos perdedores, acusados de enemigos de la democracia o de delincuentes electorales, casi ningún candidato se atrevió a denunciarlo formalmente y llegar hasta las últimas consecuencias. Mejor así, porque al menos en nuestro país no existen disposiciones de fácil aplicación para estos casos y pareciera que en los otros tampoco. Primero en los Estados Unidos –¿quién lo diría?–, después en Costa Rica, más tarde en México, y vaya usted a saber dónde más. Se presenta en elecciones muy parejas, con menos de 1 punto por ciento de diferencia entre los eventuales ganadores. En Estados Unidos se dio el caso en Florida, donde Al Gore tuvo que callar y, después de unas escaramuzas verbales, Bush se llevó los votos que necesitaba para que lo declarasen vencedor según el sistema de ese país. En México la oposición ha hecho impresionantes demostraciones de fuerza, como concentraciones en el Zócalo de más de 1 millón de personas, pero el Tribunal de Elecciones mantuvo su fallo a favor del candidato y hoy presidente Calderón, mientras la oposición continúa protestando sin saber hasta cuándo. Desgaste y molestia. En nuestro país, la elección de Óscar Arias no ha sido la única cuestionada en los últimos tiempos. En 1966, para no retroceder más, se objetó el triunfo de José Joaquín Trejos Fernández, que había ganado por algo menos de 1 voto por mesa y se estuvo en puertas de un choque armado ante la negativa de Daniel Oduber de aceptar el resultado y la rebelión de un grupo de la Guardia Civil. ¿Quién dice que en Costa Rica no se cuecen habas? De nuevo mi respeto hacia don Mario Quirós Sasso, que actuó inteligentemente y salvó el proceso democrático en esa oportunidad. La causa es la misma: una pequeña diferencia que ilusiona al perdedor ¿Y quién puede asegurar que no tiene la razón? En la última elección, Otón Solís pidió el recuento general que ordena la ley, que a mi juicio a nada llegaría –y a nada llegó– con el sistema electoral actual, salvo al desgaste y a la molestia popular ante la incertidumbre. El problema puede tener fácil solución en la reforma que tramitan en este tiempo los diputados. Expongo las ideas a vuela pluma, y me ofrezco a colaborar con el benjamín de los hermanos Arias, don Fernando Sánchez, acucioso diputado que preside la Comisión que revisa el Código Electoral. Lo primero es volver al voto con el pulgar y reglas existentes. Luego, efectuar el conteo por cada Junta Electoral, mesa por mesa como siempre, y sumar los votos; si se objeta el resultado en alguna de ellas, se revisa el caso y, si a juicio del Tribunal existe sospecha o duda fundada, por ejemplo falta de firmas en el padrón, desaparición de él, etc., se repetirá el conteo con prueba dactilar para determinar si existen huellas de votos repetidos y, si es así, anular la mesa, estableciéndose porcentajes para la anulación parcial y, en casos graves, anulación total y repetición del proceso electoral. Se objeta lo dicho por ser el voto constitucionalmente secreto, que cede por excepción ante el principio también constitucional de libertad, orden, pureza e imparcialidad, aparte de muchos otros que se podrían traer a colación. En todo caso, el secreto del voto debe ceder como mal menor ante examen autorizado de los magistrados en caso del mal mayor: el fraude electoral.
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