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/LA NACIÓN

Excluidos del paraíso

¿Puede alguien creer que la utopía mercantil sea algo más que un chiste macabro?

Fernando Araya

En el mito de la sociedad perfecta se nos dice que es posible pasar de las imperfecciones terrenales a las perfecciones celestiales. Algunos postulan al estado centralista y planificador como el medio para lograr tan maravillosa circunstancia, otros se afanan en construir mercados perfectos y estados mínimos.

I. Iluminados. En los dos casos un puñado de iluminados se autoproclama dueño de un conocimiento que permite interpretar, sin error, las necesidades de quienes no disfrutan el saber que ellos poseen. Los iluminados, en virtud de esa supuesta superioridad cognitiva, dicen haber adquirido el derecho de imponer sus ideas a los demás, ignorantes que deben ser salvados de sí mismos. Creyéndose sabios, legitiman dictaduras, horrores y genocidios. Un hecho curioso es el apoyo que algunos ilustrados ofrecen a los iluminados, rindiendo tributo a cualquier dictador que prometa un paraíso; llenos de libros y lecturas, adornan las más completas, integrales y solidarias esclavitudes, los hemos visto asociados al nacionalsocialismo, al comunismo, al economicismo de mercado, al terrorismo y al fundamentalismo religioso. Desde el estado sabio de Platón hasta el socialismo del siglo XXI y el mercado perfectamente competitivo, los iluminados y los ilustrados que les acompañan conspiran para alcanzar el cielo de sus preferencias, no importa si al hacerlo hacen colapsar los cementerios. ¡Cuánta mentira! ¡Cuánta manipulación! ¡Cuánto cinismo! ¡Cuántos muertos en el altar de las perfectas utopías!

II. El paraíso mercantil. Uno de los rostros de la sociedad perfecta se relaciona a la propuesta paradisíaca del marketing global, publicitada con profusión en tiempos navideños. Existe –dice– un perfecto universo de mercancías del que cualquiera puede gozar; si usted no lo hace se debe a falta de talento, en cuyo caso el paraíso mercantil le asistirá para que soporte su mala suerte hasta que se muera. Los contrastes sociales, sin embargo, convierten la utopía del marketing global en una isla sitiada por la pobreza y la violencia.

En el mundo 1.100 millones de personas subsisten con menos de un dólar diario, 2.700 millones sobreviven con menos de dos dólares, 800 millones pasan hambre, el cuarenta por ciento más pobre de la población representa el cinco por ciento de los ingresos mundiales, mientras el diez por ciento más rico alcanza el cincuenta y cuatro por ciento de los ingresos; en América Latina 221 millones de personas viven en la pobreza y 97 millones, en la indigencia; en Costa Rica la sociedad es más desigual que hace 20 años y la pobreza ronda el 20% de la población. ¿Puede alguien creer que el paraíso mercantil sea algo más que un chiste macabro?

III. Cambiar es posible. A la luz de los datos anteriores lo más sencillo es pensar que la producción de riqueza genera crecientes riesgos sociales y que estos, a la larga, crean una situación caótica e insostenible. Este diagnóstico catastrofista obedece, en el fondo, a la creencia de que el sistema social avanza, inexorablemente, hacia su autodestrucción.

De este modo se olvida la autonomía de la persona respecto a las estructuras organizacionales y, en consecuencia, la capacidad sistémica de autocorrección, rediseño y reorientación a través de decisiones conscientes y específicas, susceptibles de enriquecer y dinamizar los comportamientos sociales. Así, por ejemplo, la pobreza se incrementa en ausencia de acciones deliberadas que la disminuyan; su existencia, entonces, no constituye una fatalidad, puede disminuir y erradicarse si se eligen vías de acción pertinentes. Reducir la desigualdad, abolir la pobreza, aprovechar las oportunidades de la globalización, neutralizar sus debilida- des, asumir sus incertidumbres, liberarse de las perfectas utopías, todo esto es viable si hay decisiones que lo concreten; no hay presente que no se transforme. El miedo al cambio paraliza.

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