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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com ¡Ah los caminos de la historia y de la muerte! Coincidirán, por lo visto, la muerte de Pinochet y la de Fidel Castro. Esta, sin embargo, no es la novedad. Allá ellos en el más allá. Lo interesante es la reacción de los que todavía estamos en el más acá. Esta es la esencia del reciente artículo –“Pinochet y Castro”– del filósofo francés Bernard-Henry Lévy. Un puño de verdades en una pizca de espacio. Bernard-Henri Lévy es un intelectual de verdad, esto es, lúcido, profundo, valiente y coherente, no un mercachifle de ideologías, como hay tantos. De Pinochet escribió: “Por fin, esta vez, Augusto Pinochet se murió de verdad, en su cama, tranquilamente, llevándose a la tumba sus crímenes y el secreto de sus crímenes”. Se lleva, agrega, su impunidad, es decir, la justicia internacional humillada y burlada, gracias, en buena parte, a sus poderosos aliados, precisamente –“¡oh símbolo!”– en el Día Internacional de los Derechos Humanos. (¡Ah, los formalismos judiciales que tanto ayudan a “los derechos humanos” de los ladrones y de los criminales!). El filósofo francés los llama precisamente hermanos gemelos con una diferencia de tiempo: 17 años en el poder Augusto Pinochet y casi 50 años Fidel Castro. Más de 100.000 prisioneros políticos en el Gulag tropical (Cuba) y entre 15.000 y 17.000 fusilados (frente a los 3.200 asesinados y 28.000 torturados en Chile). Centenares de miles de exiliados cubanos y chilenos. Decenas de miles de balseros hacia Miami. El perenne binomio de la libertad y el martirio. Millares lloraron la muerte de Pinochet y millones maldijeron la impunidad con la que se marchó. Sin embargo, el filósofo francés apuesta a que muchos “se agolparán, llegado el momento, en las exequias del monstruo sagrado (Fidel Castro), con la misma energía con que hoy lamentan el fracaso de la justicia” en el caso de Pinochet. Este será otro test del gran cinismo y de la más inhumana incoherencia en que han vivido y disfrutado legiones de mercaderes intelectuales y políticos. En América y en Europa –también en Costa Rica– cunden los especímenes de esta ignominia, de esta farsa universal, tan rentable en publicidad, cuyos actores y guionistas se apiñan en el carruaje de los tiranos o compiten en el servicio de palafreneros, henchidos de proclamas de soberanía, de antiimperialismo y de justicia social. Dentro de poco, los veremos, cuando Castro se muera “de verdad”, desolados, huérfanos. (Pinochet, impune. Castro, impune. En medio, una caravana interminable de cómplices, por acción o por omisión, y de víctimas. La larga historia de la infamia).
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