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No al filibusterismo

La normativa en la Asamblea Legislativa impide la toma de decisiones

Mario Redondo Poveda
Expresidente del Congreso

La discusión de temas altamente controvertidos exige de las fuerzas políticas representadas en el Congreso un debate serio y responsable, que demuestre al país patriotismo y madurez política, y que destierre cualquier asomo de mala fe.

Instrumento fundamental en ese objetivo es la impostergable tarea de reformar el reglamento legislativo y establecer un mecanismo de toma de decisiones razonable, inmune a las trampas y al filibusterismo. Lamentablemente, al día de hoy, tenemos una normativa estructurada para impedir la toma de decisiones respecto de cualquier tema medianamente polémico. Esto es un hecho grave, ya que en el mundo actual, las decisiones importantes son siempre polémicas.

Así las cosas, solo basta un diputado “armado” con decenas de mociones y dispuesto a hablar por horas, para que cualquier proyecto, por urgente que sea, se vea paralizado. No es necesario tener razones, ni que el proyecto goce del favor de una mayoría o tenga meses discutiéndose, el bloqueo funciona. Tres razones existen para que esa distorsión democrática pueda funcionar:

kUn reglamento que privilegia la forma sobre el fondo. En efecto, la existencia de una figura importada del derecho administrativo, como lo es el Principio de Inderogabilidad Singular, limita seriamente la eficiencia de nuestro derecho parlamentario ya que, bajo la rigurosidad de la norma, se termina traicionando el espíritu de fondo, según el cual las formas no esenciales deben ceder en favor de un objetivo superior: la gobernabilidad.

kEl menosprecio con el que algunos magistrados constitucionales han valorado el impacto del filibusterismo legislativo en el ejercicio democrático. Con respeto para los magistrados, considero que en este tema algunos han actuado con extrema ligereza, o al menos sin evaluar las verdaderas repercusiones que el ejercicio abusivo de los instrumentos parlamentarios y el abandono a las exigencias de la buena fe ha generado en la dinámica parlamentaria. En el fondo, lo que han generado es una lesión mayor al principio democrático, donde las minorías radicales se han visto fortalecidas, las minorías responsables han perdido espacios para defender sus posiciones y las mayorías se han visto impedidas de alcanzar una decisión.

kUna equivocada resistencia de los partidos políticos a modificar el reglamento legislativo. Digámoslo con claridad, cualquier partido que en forma seria aspire a gobernar este país va a requerir un proceso parlamentario que, sin menoscabo del derecho que asiste a quienes difieren de su posición, le permita que sus proyectos lleguen a resolverse de manera oportuna. Esa imprescindible garantía democrática no puede sustituirse, como lo han dicho algunos, por la mera voluntad política pues eso sería dejar al país al arbitrio de coyunturas y pasiones ocasionales, cuando lo útil son procesos claros.

No existen ya argumentos objetivos para resistirse a la reforma. Nuestro ordenamiento contiene instrumentos lícitos suficientes para evitar que sean burlados los elementos esenciales del proceso parlamentario. El filibusterismo no es uno de ellos; por el contrario, es un arma innoble que amenaza nuestra democracia ya que usurpa una representación electoral no otorgada por el pueblo. Desterrar el filibusterismo es señal de madurez.

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