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¿Jesús versus Santa Claus?

Acercarse a Jesús implica hacerse preguntas demasiado incómodas

Víctor Ml. Mora Mesén
Dir. del Saint Francis College

Hacerse semejante pregunta supone considerar que ambos personajes pueden considerarse competidores. Es obvio que no lo son, el problema se encuentra en nosotros, es decir, en nuestra percepción acerca de lo positivo o negativo de las celebraciones navideñas. Para alguien que no es creyente, Navidad puede significar una época en la cual tratamos de afirmar nuestros vínculos de unión por medio de la generosidad. Desde este punto de vista, Santa Claus puede ser un símbolo de ese espíritu. El mercado busca ofrecer sus productos de la manera más aséptica posible a fin de conseguir más consumidores. Una Navidad demasiado cristiana en un contexto pluricultural o plurirreligioso puede ser contraproducente cuando de vender se trata.

Una época distinta. Esto refleja que vivimos en una época distinta; era necesario crear un símbolo que tocara ciertos sentimientos comunes, pero que dejara por fuera una reflexión a partir del origen de las fiestas navideñas. Por eso, la mejor salida fue remitirse a lo fantasioso. Ciertamente no creemos en Santa Claus, pero todos gustamos de los relatos imaginarios, sobre todo si evocan la nostalgia que sentimos por nuestra infancia.

Es interesante ver cómo la figura de Santa Claus ha cambiado a lo largo de los años y mostrar las particularidades actuales de su representación. Se ha hecho frecuente en la producción cinematográfica y televisiva “desinmortalizar” a Santa, ya no se trata de un semidiós eterno, sino de un ser humano que es investido con poderes maravillosos por un grupo de seres mágicos. La lógica es simple: un ser humano no puede ser tan perfectamente bueno o poderoso, necesita la ayuda de una “organización” que sí posee la bondad y los recursos necesarios para transformar a cualquiera en alguien especial. No es de extrañar, por tanto, que los escogidos para reemplazar a Santa sean hombres ordinarios, o bien individuos con muchos defectos o vicios, de preferencia con un divorcio a las espaldas (el Santa tradicional era un esposo monógamo y hasta “estéril”, pues la pareja feliz no tenía hijos conocidos). El mensaje es claro, la organización llena de la magia de duendes trabajadores, que tienen el conocimiento para superar los límites de la naturaleza, cambia a cualquiera en una persona de bien, con tal que se deje moldear por las reglas que la rigen.

Figura desafiante. En contraposición, la figura de Jesús que se nos presenta en los evangelios es desafiante. Aunque nos esforcemos por endulzar la historia, es imposible ocultar que el niño que nace es perseguido por un rey corrupto y sediento de poder. La familia tiene que huir a una tierra extranjera; pero, aun cuando el tirano muere, José teme que la mano del poder los persiga y se mudan a Nazaret de Galilea. José y María no tienen dinero y continúan siendo pobres, aun cuando Jesús nace. Dios no les garantiza una vida cómoda, sino que comparten las vicisitudes de los más pobres de la sociedad. Aquí no hay fantasía, ni empresas mágicas, solo la realidad de miles y miles de personas que es padecida diariamente. Además, todo lo vivido por esta familia es asumido desde la libertad y la disposición a la renuncia.

¿Hay una guerra entre Jesús y Santa Claus? Para nada; sin embargo, nosotros todavía seguimos soñando con encontrar esa mágica empresa que nos permita huir de los quehaceres diarios y de nuestra propia debilidad humana. Tal vez por eso el gordo bonachón nos seduzca y caigamos una y otra vez en la falsa tentación de comprar cada vez más cosas en los lugares en donde aparece sonriente e inofensivo. ¿Soñamos todavía con descubrir el duende de la felicidad debidamente empacado y preservado en un regalo de navidad? Esta ilusión es más agradable para muchos, porque acercarse a Jesús implica hacerse preguntas demasiado incómodas acerca de nosotros mismos y de nuestras opciones, que tal vez terminen por convencernos de asumir la vida con otro sentido.

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