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Ignorar redime Fernando Durán Ayanegui Tal vez algún(a) lector(a) pueda explicarme por qué un día de estos recordé unos triviales incidentes ocurridos a fines de la década de 1940. Mi abuela había hecho de la cría de perros de cacería un negocio marginal pero estable, para lo cual contaba entonces con Viola y Mosa, un par de perras de “buena raza”, y un padrote bien dotado que llevaba el nombre de Danubio. Las crías nacidas de aquel ménage à trois perruno tenían buena demanda entre los hacendados de algunas comarcas alajuelenses, principalmente de la zona de San Carlos. Pero, como era de esperar, en ciertas oportunidades Danubio perdía una de sus batallas galantes gracias a la intervención de un can ajeno y de otra raza, y, para tribulación de mi abuela, nacía una camada de zaguates que, a su debido tiempo, yo iba a vender en una feria semanal llamada “la plaza de ganado”. Ahí, entre bromas y disputas amables con los cazurros campesinos, yo mercaba los zaguatillos al precio que se pudiera y del resultado de las ventas mi abuela me concedía la justa propina del buen procurador. Abuelín, como la llamábamos, fue sin duda el mejor compinche que tuve en mi vida. Cierta mañana, a la compañía de cuatro perrillos atados a sendas cuerdas se unió la de un compañero de escuela llamado Rolando, cuya familia estaba afiliada a una secta cristiana que prohibía radicalmente el consumo de carne de cerdo. Al rayar las nueve, cuando todavía no había logrado vender ni uno de mis zaguates y ya comenzaban a picarme en la nariz los aromas de una cercana venta de comida, Rolando se sacó del bolsillo unas monedas y le pidió a la ventera un gallo de chorizo, es decir, un trozo de unos seis centímetros de chorizo rezumante de grasa, envuelto en una tortilla y complementado con abundante picadillo de repollo. Se plantó el miserable frente a mí y, sin ofrecerme siquiera un trocito, le pegó un mordisco al gallo y procedió a masticar poniendo los ojos en blanco. “¿Verdad que los de tu religión no comen carne de chancho?”, le pregunté. Él, sin dejar de darle a la mandíbula, respondió: “Ji ej jierto, juejón, ¿jor ké?”. “Idiay, maje, ¿no ves que el chorizo está hecho de chancho?”, observé. Rolando se tragó el bocado y, casi sin respiración, me gritó: “¿Por qué me lo dijiste, hijo de p…? Podría pensarse que, como premio a mi liberal catolicismo, Rolando debió poner a mi disposición el resto del gallo. Pues no fue así. Como una estrella de la NBA, hizo su lanzamiento y, certero, lo clavó en el tacho metálico de basura que se hallaba a varios metros. No siempre vale pertenecer a la iglesia verdadera.
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