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Talento costarricense

Saga espléndida y testimonio musical de Daniela Navarro Mora, liberiana

Sonia Marta Mora Escalante


“No hay discípulos sin talento, tan solo profesores que no confían suficientemente en ellos”… Esta convicción del maestro de piano Alexandr Sklioutovski y su equipo está en la base del éxito de la pequeña Daniela, costarricense de diez años que acaba de colocar, con gran mérito, el nombre de Costa Rica junto al de España, Italia, Rusia, Estados Unidos, Bulgaria y Sudáfrica, entre otros.

En Roma esta brillante niña acaba de ganar, en su categoría, el Premio Valentino Bucchi, después de haber superado tres difíciles eliminatorias. Entre niños y jóvenes de todo el mundo la guanacasteca Daniela Navarro Mora se destacó no solo por la calidad de sus interpretaciones, sino por ser la más joven participante.

¿Cómo explicar este logro que ubica a Costa Rica en un alto nivel internacional? ¿Es éste un caso aislado e irrepetible? ¿Qué lecciones nos deja, a sus compatriotas, la hazaña de Daniela?

Lo primero que se observa en esta historia estimulante es el compromiso de una familia con la educación y con los valores de la excelencia. Una cultura de búsqueda permanente de la excelencia a través del estudio y del esfuerzo por ser mejor cada día. “¿Qué esperabas, Danielita, de tu participación en Italia?”, le pregunté al día siguiente de su regreso al país. “Esperaba dar lo mejor de mí con gran dedicación”.

Todos los fines de semana don Carlos, su padre, y la joven artista dejan en Guanacaste a su familia y viajan desde la ciudad de Liberia, donde residen, con tal de que la niña pueda avanzar en el programa intensivo de formación pianística de la Universidad Nacional y el Instituto Superior de Artes. Y ellos reconocen que este proyecto le ha cambiado la vida a toda la familia. “Es muy duro a veces”, dice su padre, “se requiere mucho sacrificio e inacabable disciplina.” Pero admite que la experiencia les ha ampliado enormemente las perspectivas culturales. Viajar por el mundo de los grandes compositores, conocer ciudades magníficas y grandes salas de conciertos, comunicarse con gente del otro lado del planeta. El aprendizaje es inagotable, los descubrimientos, deslumbrantes.

Una niña extraordinaria. Y también hay en esta historia una personalidad extraordinaria, una niña que no solo impresiona frente al piano, al que considera su amigo, sino en la más cotidiana de las conversaciones. Maravilla su capacidad verbal, su ingenio y creatividad, su confianza en ella misma. No dudó un segundo al contestar afirmativamente cuando le insinué que si había contemplado la posibilidad de ganar en Roma…

Daniela también compone, y una pieza suya –junto a Bartok y Debussy, y a los costarricenses A. Cardona y M. Alfagüell– formó parte del repertorio que presentó en las diversas fases eliminatorias del concurso. Y, mientras relata el intenso y demandante trabajo de preparación que precedió al viaje, recuerda con más entusiasmo y énfasis lo que lo ha disfrutado.

Personajes centrales de la historia son también los profesores del programa, de inquebrantable vocación y entrega. Con este premio de Daniela llegan ya a 88 los galardones nacionales e internacionales que han obtenido niños y jóvenes del plan intensivo… Discípulos talentosos y dedicados, padres empeñosos y comprometidos, pero necesariamente también la creación de un ambiente, una atmósfera que propicia el aprendizaje y que hace florecer potencialidades latentes. Una extraodinaria capacidad pedagógica de los maestros que no cesan de innovar y que trabajan como un equipo sólidamente constituido. Una tenacidad a prueba de todo, una pasión que se contagia, una confianza en la capacidad de alcanzar las más inimaginables metas. Este notable grupo de profesores ha logrado conciliar la exigencia y la disciplina con el juego, el gozo y el afecto respetuoso.

Daniela me enseña con una gran sonrisa la “sala de tortura de Alexandr”, dice, y en la pared del fondo atisbo una muestra de la traviesa venganza de los estudiantes: el rostro del maestro inscrito en un cuerpo de duendecillo malévolo… Y, mientras conversamos, la niña artista le da palmaditas en la espalda a su profesor y bailotea bajo la dulce mirada de Tamara Sklioutovskaia, profesora del equipo.

Persistencia, el secreto. Sí, es una historia que nos llena de esperanza. El talento efectivamente se encuentra en todos los rincones del planeta, y existen maestros capaces de iluminar la llama. Pero el talento no basta: la tenacidad, esa que el astronauta brasileño Marcos Pontes enfatizaba ante los jóvenes al regresar del espacio y decirles “con persistencia se llega a donde uno quiere”, es un atributo indispensable. Pero, incluso, la perseverancia no es suficiente: se necesita confiar en el saber y en el conocimiento, se necesita una cultura que valore el esfuerzo y que se exprese en las familias, los gobernantes y las instituciones.

Quizás, gracias a la hermosa saga de esta pequeña liberiana comprendamos por fin en Costa Rica que hoy los logros en el campo de la ciencia, el conocimiento y las artes, cultivados en espacios locales y con inconfundibles sellos identitarios, se expresan y validan en complejos y exigentes escenarios internacionales. Quizás comprendamos también que estos no pueden improvisarse, y que requieren de una inversión social y de un esfuerzo de calidad sostenido.

Finalmente, tal vez comprendamos que ninguna transformación será posible si la sociedad toda –las instituciones públicas, el sector privado, los medios de comunicación, la sociedad civil– no orientan su energía a recuperar en nuestro país un valiosísimo legado de nuestras abuelas y abuelos que peligrosamente hemos ido perdiendo: esa cultura de valorización de la educación y del trabajo tenaz como requisitos para alcanzar metas superiores, cultura que, no por azar, explica buena parte de la singularidad de la historia de Costa Rica.

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