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Ojo Crítico Rodolfo Cerdas Desde la tramitación del TLC hasta la caricatura de control político que se hace en la Asamblea, es una viva demostración de lo caduco de su reglamento y de que la organización interna, el procedimiento y los mecanismos de participación ciudadana están obsoletos y se necesita una profunda reforma política. Todos son síntomas de una grave enfermedad que arrastramos desde hace mucho, pero que por miedo al cambio ni siquiera nos atrevemos a reconocer. Son disfuncionalidades que evidencian que el sistema político está maduro para pasar del presidencialismo al parla- mentarismo, más representativo, eficiente y responsable. Mientras que las falencias de otras democracias provienen de la falta de tradición, de cultura política y de la debilidad del Estado de derecho, el origen de las nuestras es muy distinto. Aquí la democracia empezó a construirse desde hace mucho y no, como quieren algunos, desde 1948, aunque fuera a partir de entonces cuando hubo gran- des avances electorales, culturales, jurídicos e institucionales. Junto con un Estado democrático y social de derecho avanzado, logramos dos metas decisivas: un orden institucional consolidado y una fuerte cultura política democrática, que le dieron continuidad, solidez e interiorización social al respeto y vigencia de los derechos humanos y de los más importantes valores democráticos. Pese a esos logros, y más bien por ellos, el sistema se debate en una grave crisis; la clase dirigente, los partidos, las instituciones y el sistema de representación perdieron su credibilidad; predomina la desconfianza, hay una erosión política y un peligroso alejamiento ciudadano de las urnas. No hay rendición de cuentas o se reduce a ridículos discursos retóricos que nadie cree ni escucha. Se necesitan mecanismos para obligar a los políticos y funcionarios a responder de sus actos, tanto penal como políticamente. La distinción importa, porque la responsabilidad política obedece a su propia lógica y exige medios de prueba y de evaluación más flexibles y menos formales. Aquí la crisis nace de la madurez del sistema, que alcanzó sus metas y creó las condiciones para poder pasar a una nueva etapa, donde se mejore el desempeño, se haga más directa la representación y se profundice la legitimidad. O sea que, para usar una imagen, dentro del presidencialismo gastado y corrupto, se gestó una nueva creatura, la del parlamentarismo moderno, que pugna por nacer. Este embarazo político es real y hay que ayudar a que el nuevo régimen nazca sano. Tal es la reforma política que habría que hacer. Lo demás son curitas y sinapismos.
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