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Un logro nacional Con la aprobación del TLC en comisión, han triunfado la democracia representativa y el interés nacional.Los retos de la agenda de implementación y de la agenda de desarrollo convocan al esfuerzo solidario y patriótico. La Comisión de Relaciones Internacionales de la Asamblea Legislativa, compuesta por nueve diputados, aprobó anteayer, en la noche, el Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica, Estados Unidos y República Dominicana (TLC). El tratado recibió el respaldo de seis diputados: cuatro del Partido Liberación Nacional (PLN), uno del Movimiento Libertario (ML) y uno del Partido Unidad Social Cristiana (PUSC). Los tres diputados del Partido Acción Ciudadana (PAC) en dicha comisión votaron en contra. Los hitos de este importante tratado ponen de manifiesto su complejidad y su importancia: inicio de las negociaciones el 8 de enero del 2003; firma del tratado en agosto del 2004; remisión a la Asamblea Legislativa el 21 de octubre del 2005; publicación en La Gaceta el 22 de noviembre del 2005, e inicio del trámite de discusión en la comisión legislativa el 5 de diciembre del 2005. Su aprobación por una comisión legislativa, anteayer, en la actual administración, culmina un proceso caracterizado por un período de contención o atraso, de agosto del 2004 a mayo del 2006, que generó incertidumbre y desconfianza, y no pocos perjuicios al país. Ahora, el panorama comienza a despejarse en un ambiente altamente positivo para la economía del país, como lo demuestran los más diversos indicadores, y para avanzar en un conjunto de reformas que han hecho antesala por muchos años. Cabe destacar, en este itinerario, que, no obstante los temores y evasivas del gobierno anterior, y las más variadas amenazas de algunos grupos minoritarios de presión, sindicales, políticos y profesionales, prevaleció la institucionalidad democrática, no se alteró la paz social y salió airosa la democracia representativa. El debate del TLC fue amplio; la información, profusa; el Gobierno ejerció un liderazgo apropiado y respetuoso, y las principales instituciones del país, en el campo académico y religioso, contribuyeron, con exhortaciones apegadas a las mejores tradiciones nacionales, a robustecer el respeto al Estado de derecho, el orden público y la paz social. Estos logros morales y democráticos allanan el camino, a partir de enero próximo, para la etapa final: la ratificación legislativa del tratado en el plenario, y la aprobación de la agenda de implementación y de la agenda complementaria. Esta es una tarea ingente ya que la trascendencia del contenido de estas dos agendas soporta el pecado del rezago sufrido. La fecha límite para la vigencia del TLC es el primero de marzo del 2008. No hay excusas. El proceso de implementación, entendido como la armonización jurídica del TLC con la legislación nacional, y la agenda de desarrollo, orientada a fomentar un entorno institucional, social, jurídico y de creación de capacidades gerenciales y humanas para maximizar las oportunidades del TLC, constituyen desafíos inaplazables en pocos meses. Este es el primer gran logro del TLC: nos debe impulsar a realizar las grandes transformaciones que, por mucho tiempo, los gobernantes y los dirigentes políticos han postergado. Desde este punto de vista, los opositores responsables al TLC deben dejar de lado la prédica ideológica y las proclamas artificiales, para situarse en la mira del bien común. El TLC no representa menoscabo alguno a la soberanía nacional y tampoco, como han propalado algunos de sus detractores, significa una camisa de fuerza para el desarrollo del país. Todo lo contrario. El proceso de reformas inevitables que se han de emprender, al reorientar e impulsar el desarrollo social, institucional y económico del país, les confiere a los valores de la soberanía y de la patria su razón de ser: el mejoramiento de la calidad de vida de los costarricenses y, sobre todo, el abatimiento, sin tregua, de los bastiones de la pobreza. Hay, pues, muchas razones y oportunidades para vencer el temor, el egoísmo y el cálculo, que dominan a algunos sectores, y para dar contenido, mediante el esfuerzo común, a la esperanza y a la democracia.
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