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/LA NACIÓN

Antídotos contra la corrupción

La corrupción no solo siempre ha existido, sino que, según San Pablo, es eterna

Jaime Gutiérrez Góngora
Médico

Don Rodolfo Cerdas es un costarricense. No encubre con empates mentales indescifrables lo que verdaderamente piensa. La corrupción lo enferma y la denuncia en su columna del 19 de noviembre del 2006 en La Nación. Hace un diagnóstico: son males del Gobierno, tanto de funcionarios electos por el pueblo como los nombrados por estos. Hay robos “de grandes fortunas a costa del erario”, explica lo que hacen Alí Babá y los cuarenta ladrones para “conservar el poder” y condena el “mal ejemplo de los de arriba”.

La denuncia cada vez que se descubre algún acto de corrupción es obligada, aunque creo que, si la denuncia se hace crónica y eterna sin que se visualice una cura, la mera denuncia puede ser contraproducente porque el pueblo puede llegar a perder la fe en el sistema democrático y buscará soluciones totalitarias, como en Venezuela.

Mitigación gradual. Donde le veo problema al planteamiento de don Rodolfo es en el tratamiento del mal. Como él se decide a diagnosticar un “cáncer con metástasis”, yo, como cirujano, me atrevo a opinar sobre “la quimioterapia y la cirugía profunda”, política que recomienda. La clave del planteamiento de don Rodolfo es la frase “para curarlo”. Ahí es donde me topo con problemas. La corrupción no solo siempre ha existido, sino que, según San Pablo, es eterna. Refiriéndose a la “gloria venidera” dice: “también la creación misma será libertada de la esclavitud de la corrupción”. (Ro. 8:21). El enfoque no debe ser tratar de curar la corrupción sino atenuarla, mitigarla gradualmente. Si esa es la estrategia, el problema, me parece, es manejable; quizás a corto plazo.

Hasta ahora en Costa Rica, generalmente, se busca en la legislación la solución para males morales que siempre fracasan por razones obvias. Don Rodolfo propone que “hay que crear un nuevo Estado de conciencia social”. Me parece que el Estado en sí es el problema. Sobre todo el Estado grande, centralizado, con plata, cada día más grande que nos llena de leyes. Aunque, desde luego, no es el Estado que roba, ni siente pena ni vergüenza; no es “conchudo”… son las personas.

El problema de la corrupción más desmoralizante es que se trata de grandes fortunas las que se malversan y esto hace que algunos políticos busquen el poder como una forma de enriquecerse. Como señala don Rodolfo, todo comienza o comenzó por el “mal ejemplo de los de arriba”.

Debe de haber otros, pero creo que hay dos antídotos más poderosos y efectivos contra la corrupción que las leyes moralizantes.

No es cierto. El principal es disminuir el tamaño del Estado. Estoy consciente de que se ha hecho casi una religión la creencia de que el Estado es quien protege a los pobres de su pobreza. Existen muchos ejemplos de que esto no es cierto, tanto en el mundo como en Costa Rica. El IMAS es un ejemplo que todos conocemos y los “tigres asiáticos” es un buen ejemplo en el ámbito mundial. Chile también, por cierto. No pretendo, desde luego, incursionar en temas de teoría política que apenas recuerdo de mis años de estudiante en la universidad recordando las broncas serenas de Platón, Aristóteles y Santo Tomás; las más apasionadas de Hegel y las violentas y, al final de cuentas destructivas, de Marx y Engels.

El otro antídoto es el TLC. En muy pocas palabras, la competencia que impone no deja mucha plata para pagar comisiones a los de arriba.

Estas opiniones se sustentan en la más infalible de todas las teorías políticas: muchos años de simple observación. Tengo la esperanza de que personas serias y estudiosas, inclusive algunos diputados, pueden llegar a aceptar que muchas veces es preferible separarse de las leyes moralizantes y del Estado grande y buscar la solución al problema de la corrupción, además de atenuar la pobreza, por medio de la imitación de la experiencia de otros pueblos que se han enriquecido y han mitigado la corrupción al mismo tiempo, como Chile, que está de primero en transparencia (baja tasa de corrupción) en América Latina.

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