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Contando estrellas Juan Fernando Cordero jfcordero@nacion.com Cincuenta y ocho años nos separan. Cincuenta y siete años, 11 meses, 25 días y unas pocas horas, para ser exacto. Faltaron cinco días para que fuese mi mejor regalo de cumpleaños, pero no era necesario. No fue mi mejor regalo una vez al año, pero ahora lo es todos los días del año. Y a diario me veo tratando de descubrir qué briznas de luz nos atan desde aquella tarde de diciembre en que su nombre dejó de ser una abstracción. A diario me pillo solazándome en su imagen, recreando sus voces, desandando sus trazos. Respiro el aroma turquesa de su primera palabra y acuño la fragancia de su primera noche en mi almohada. He vuelto a mis pasos perdidos, al viejo manual de destrezas paternas y consejos infantiles. Torpemente. Con la espalda quebrada y el pulso errático. He tornado a las papillas, las tortillitas y los pío-pío. A gatear, llevar a caballo y hacer otras cosas impropias de mi edad. Ya hasta casi siento que alcanzo a nuestro héroe nacional, Miguel Gutiérrez Saxe, quien me sacó los ojos hace varios años mostrándome con orgullo una pequeña foto en su billetera. Si no hubiera sido porque terminó de liquidarme, hace unas semanas, cuando remató con un “ya tengo cuatro, y dos más en camino...”. Ahora conozco todos los perros del barrio, detecto con pericia los desfiles de hormigas y poseo nuevos conocidos por medio de un rizo dorado o la falta de un arete cuyo agujero en la oreja nadie se atreve a renovar. Nunca los sueños largamente acariciados se habían tornado realidad de manera tan dulce, con la camisa salpicada de camote y un pañal empapado sobre la mesa de noche. Y nunca las esperas se habían hecho más largas y los descansos más merecidos. De modo que ahí voy, a paso firme, aprendiendo el oficio y echando a perder, en el literal sentido de la palabra. Esa es la única palabra que me pertenece, porque todas las demás son suyas. ¿O acaso no ha oído usted hablar de un simple puchero hecho deseo? Ahí voy, tejiendo nuevos hilos de plata, celebrando cada diente, imaginando encuentros marinos para que su corazón –como cantaba Alberti– se llene de barcos. Voy contando las estrellas, porque una de ellas, Constanza, que solo registra el libro del amor, se desprendió del cielo en busca de un regazo de abuelo.
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