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Instituciones ponen trabas para reducir la pobreza CCSS niega pensiones a pobres con terrenos de más de 500 m²Relato de anciano, vecino de Nosara, ejemplifica falta de atención estatal Esteban Oviedo eoviedo@nacion.com Para llegar a la casa del anciano Jesús Castrillo Castrillo, en Delicias de Nosara, Guanacaste, es necesario subir una cuesta empedrada por la que no pasan vehículos. A pie, se tarda unos 30 minutos en llegar. El camino, rodeado de bosque seco, tiene zanjas de más de un metro de profundidad. Además, se deben pasar tres quebradas que carecen de puentes.
Alrededor de las 3 p. m. del miércoles pasado, este periodista y un fotógrafo de La Nación encontramos a Castrillo, de 70 años, en uno de los tramos más empinados del camino. El delgado anciano bajaba para cortar un poco de palma con la que taparía el baño de su casa. Castrillo es un hombre moreno, recio y curtido. Usaba camisa blanca con un gran hueco en la espalda, jeans azul y sandalias. Antes, Jesús Castrillo se dedicaba a la agricultura de subsistencia. Cultivaba arroz, frijoles, maíz y otros productos. “Ahora soy ratero”, dice… “Porque trabajo un rato en una cosa y otro rato en otra”. Él es uno de muchos ancianos del distrito de Nosara, Nicoya, a quienes la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS) les negó una pensión del régimen no contributivo porque su terreno supera los 500 metros cuadrados, aunque viven en extrema pobreza. Un programa desarrollado por la Escuela de Planificación de la Universidad Nacional (UNA), para reducir la pobreza en Nosara, encontró que las instituciones públicas encargadas de atender ese sector más bien ponen trabas para ayudar a las familias. Del 2003 al 2005, la UNA intentó orientar los subsidios sociales existentes a las familias pobres de este distrito, ubicado a 50 kilómetros de la ciudad de Nicoya. Los resultados fueron insatisfactorios. La propiedad de Castrillo mide 62 hectáreas, pero también pertenece a hermanos que no viven allí. Lesionado. Al vernos, Castrillo accedió a conversar. De regreso a la casa, empezó a sudar bajo un intenso sol atenuado por la brisa. Llevaba la camisa abierta. Mientras subimos, don Jesús Castrillo comenta que está lisiado de la columna. “Me dijeron en el hospital que si no quería quedar en una silla (de ruedas), me cuidara”. El hombre portaba en la mano izquierda una cutacha (machete) metida en una vaina con coyundas (tiras) de cuero. Tiene los pies como los de una estatua, los dedos son gruesos, parecen de bronce negro. Según el estudio de la UNA, apoyado por el Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS), de las 930 familias de Nosara, 430 vivían en condiciones de pobreza y, de estas últimas, 140 sufrían pobreza extrema. Una de las primeras propuestas para sacar 117 familias de la pobreza extrema fue otorgar pensiones del régimen no contributivo, pues se trataba de ancianos o familias con personas con discapacidad Los ¢17.000 mensuales otorgados por la pensión no contributiva en aquel entonces eran suficientes para sacar a las familias de la pobreza extrema, comentó Miguel Sobrado, académico de la UNA. Sin embargo, la CCSS rechazó más de 100 personas porque tenían terrenos de más de 500 metros cuadrados de extensión. La casa. Don Jesús vive en una casa de madera cubierta con palma, desde la cual se ve el mar. Tiene piso de tierra y un cuarto con tres camas. No hay electricidad. La familia usa lámparas de canfín y fogón. El estudio de la UNA también identificó 119 familias en Nosara candidatas a un bono de vivienda. Pero, en el 2005, el Banco de la Vivienda entregó seis bonos y solo uno fue para un caso prioritario. En una banca guanacasteca de pochote, hecha por Castrillo, encontramos sentada a Inés Fajardo Mendoza, la esposa de 66 años, quien padece de asma. Ninguno de los dos tiene pensión, confirma don Jesús… “Y los dos estamos un poco pa’l tigre”. Mientras hablamos, nos interrumpe el sonido de los chompipes y, una vez, el timbre del celular que una hija les dejó para llamarlos. Los ancianos viven con dos de sus nueve hijos. Uno es un muchacho que trabaja en labores ocasionales. “El trabaja en donde haya (trabajo), nada seguro”. La otra hija vela por ellos, pero no estudió. Sobre educación, la Universidad también criticó que en Nosara el 60% de las becas estudiantiles estaban en manos de niños de familias fuera de la pobreza extrema. Jesús Castrillo sobrevive con ¢20.000 que le envía otra hija. Tarda una hora para salir a la carretera, en donde puede tomar un bus para ir a comprar víveres. El agua la bombean de una quebrada con una planta de gasolina. Allí mismo lavan la ropa. ¿”Podemos ir a la quebrada?”, pregunto. “Vaya usted” le dice don Jesús a su esposa. Ella responde: “Llévelos usted”. Entonces Jesús dice: “Yo los llevo, soy muy obediente”.
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