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Sala de Redacción Cuatro encapuchados secuestraron al futbolista Alonso Solís y a su esposa Nicolás Aguilar R. naguilar@nacion.com San José. Cuatro encapuchados, armados con pistolas de nueve milímetros, secuestraron la noche del jueves, durante más de hora y media, al volante saprissista Alonso Solís Calderón y a su esposa, María Amalia Benavides Murillo. La pareja se dirigía hacia su casa, a eso de las 12.30 p. m., luego de asistir a la boda del también jugador morado Cristian Bolaños, cuando fue interceptada por un vehículo “oscuro” en las cercanías de templo católico de San Francisco de Dos Ríos, al sureste de la capital. En ese momento, se bajaron varios hombres y uno de ellos hizo al menos tres disparos al aire, ordenándoles a gritos que se bajaran sin oponer resistencia. De repente, la pareja se vio rodeada y encañonada por cuatro encapuchados, varios de los cuales lucían tensos y nerviosos. “Veníamos tranquilos, como siempre, porque uno nunca espera que suceda nada malo. No había muchos carros en la calle, todo fue muy rápido”, recordó hoy Solís. Al bajar de su auto, uno de los delincuentes, el único que hablaba y daba órdenes a sus cómplices, reconoció al juzgador y, por un momento, no supo qué decir. “Se me quedó viendo, y cuando se dio cuenta que era yo, me pidió disculpas. Aseguró que no nos harían nada malo”, añadió . A partir de ese momento, Solís y su esposa quedaron a merced de los encapuchados. Su esposa fue introducida al auto de los hampones y otros dos se subieron al de Solís, pasándolo al siento trasero. “Sentí mucho miedo porque temía por la seguridad de mi mujer; la verdad es que yo daría mi vida por ella y les supliqué que no le hicieran nada”, exclamó. El jefe de la banda exigió de pronto la entrega de ¢4 millones pero Solís respondió que no contaba con esa suma de dinero. Aunque esperaba que el delincuente reaccionara enfadado, para su sorpresa, no insistió más y entonces le ordenó, colándole el cañón de su pistola en la cara, entregar sus tarjetas de crédito. “Yo solo tengo una, la revisaron, dieron más vueltas y, al rato, buscaron un cajero. Mi esposa bajó con uno de los sujetos y sacó los ¢300 mil que tenía depositados”, rememoró el volante morado. “Les insistí que no le desgraciaran la vida a mi esposa porque yo prefería morir”, rememoró Solís, por teléfono, desde Puntarenas, donde se concentró hoy con el Deportivo Saprissa para enfrentar mañana a los puntarenenses. Tras apoderarse del dinero, permitieron a María Amalia regresar al lado de su esposo y, pese a mantenerlos aún encañonados, se mostraron más amables. “Me pedían disculpas y me de volvieron la billetera, incluso la tarjeta de crédito”, agregó. A la 1:30 a.m. de hoy, el jugador morado y su esposa fueron liberados y volvieron a su residencia. “Mucha gente nos ha llamado para apoyarnos y estoy muy agradeci o. Gracias a Dios ya todopasó”. El 29 de octubre pasado, Solís declaró al periodista Milton Montenegro, de Al Día, que había sido amenazado con un “bajonazo”. “O nos da una cantidad de dinero o le haremos un bajonazo”, le dijeron al saprissista en una llamada telefónica. Según la información publicada ese día por ese periódico, el jugador pensó que se trataba de una broma, pero días después un conocido suyo le manifestó tener informes de que le planeaban robar el carro. “Al principio pensé que me estaban molestando, después corroboré que las cosas iban en serio. No accedí a las peticiones de quienes pensaban extorsionarme y más bien me deshice del vehículo”, manifestó Alonso, quien hasta días antes de la información conducía un Hummer. “Debido a eso lo vendí, no quería problemas y mucho menos deseaba correrme el riesgo de tener una experiencia de estas y poner en peligro a mi familia”, añadió el volante morado. El saprissista comentó que quienes se comunicaron con él no le hablaron de una cantidad específica, solo le dijeron que “si nos da un dinero no habrá bajonazo y lo dejamos tranquilo”. “Me asusté un poco, por eso lo mejor era darle fin a cualquier posibilidad de robo y vendí el carro. La gente cree que uno es adinerado y se equivocan”.
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