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El eslabón emocional perdido

Los niños desarraigados arrastrarán, por siempre, la interrogante de sus carencias

Luis Montoya Salas
Miembro del Consejo Universitario UNA

La orfandad constituye el problema de fondo de la obra cinematográfica rusa El regreso, en cartelera de la Sala Garbo.

Su argumento cabe en dos líneas. Aunque sus implicaciones semióticas, simbólicas y psicológicas construyen un universo de relaciones tan profundamente humanas, como cotidianas y complejas.

Un padre abandona a sus dos hijos a edad temprana y regresa 12 años después, solicitado por la madre que lo requiere como pareja, para satisfacer sus necesidades sexuales.

La inexplicable e inoportuna presencia del “desconocido” en un habitat ya construido e interiorizado mediante las relaciones de los dos hijos con la madre es percibida por los primeros como una amenaza a las cuotas de amor, cariño, dedicación y protección distribuidos, de facto, entre hijos y madre.

No obstante lo anterior, la ausencia (vacío) del padre ya ha marcado la personalidad y temperamento de los dos niños, de maneras inesperadas e incomprensibles. En el hijo menor, esta carencia se traduce en miedo a las alturas (vértigo). En el hijo mayor, en una incapacidad para tomar decisiones.

Ser huérfano es un estado atípico caracterizado por la ausencia de amor, afecto y atención de alguno de sus progenitores, o los dos…

Esta condición reduce, significativamente, su capacidad y derecho a respuestas emocionales libres, en situaciones socialmente establecidas, pues carece del aprendizaje implícito en la aprobación, rechazo y corrección de las figuras de autoridad, seguridad, estabilidad, referencia y modelaje.

Lo anterior es resultado de una ruptura de la estructura del hábitat, el hogar, en cuyo seno la familia nuclear resuelve y compromete a cada integrante: madre, padre, hijos, en la supervivencia cotidiana, al tiempo que transmite información valiosa para los procesos posteriores de socialización e inserción en los estamentos sociales, laborales e informales.

Dualidad de sentimientos. En la película comentada no se le exige al espectador que lea (semióticamente) el filme de manera literal. Así, yo podría inferir de la presencia de los dos hermanos la dualidad de sentimientos existentes en cualquier hijo abandonado por su padre, en la época más delicada y significativa de su vida: los primeros seis años. En un extremo, la necesidad de sentir protección y seguridad más el deseo de tener al frente una figura de autoridad que me enseñe la ruta de la vida y hasta la novedad de saber “qué se siente” tener padre a una edad desfasada respecto del proceso de madurez biológica, psicológica y emocional (expresados por el hermano mayor), En el otro, el odio alimentado por el abandono (actitud del hermano menor).

Sin duda, los niños y niñas desarraigados de sus hogares (por muerte o abandono de sus padres) arrastrarán, por siempre, la interrogante de sus carencias y buscarán, a tientas, casi por instinto, las formas posibles de llenar ese vacío. Así, ponen en riesgo sus propias emociones amenazando su integridad, pues no reparan, “a priori”, en las implicaciones de sus actos.

Estas articulaciones del complejo marco emocional de los huérfanos se encuentran profundamente enraizadas en las neuronas primitivas. Y desentrañarlas, con propósitos institucionales, constituye un reto de dimensiones quizás nunca antes consideradas por parte de los profesionales del PANI, responsables no solo de administrar los centros que reciben a estos niños, sino, y sobre todo, identificar sus escondidos sentimientos, antes de asignarles una tía sustituta.

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