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Cuando “rompen los nortes”

En el valle de Santa María de Dota el tiempo transcurre plácida y dulcemente

Raúl Marín Zamora


Cuando “rompen los nortes” –como habitualmente se describe el ingreso de los vientos alisios– se percibe en la zona de Los Santos el aroma de las flores del zacate calinguero, que encuentra abrigo a los pies de los cipresales de las laderas que no están cultivadas de café, al inicio presentan un color canela y ya maduras son de un ladrillo mate; en esta época de transición climática hacia tiempos más soleados, algunas precoces santalucías asoman tímidamente sus festivas florecillas silvestres de aterciopelado lila azulino, brote que luego se convierte en alfombras de los pastizales y de las cunetas.

Tiempo este siempre favorable para la visita de los errabundos y coloridos quetzales que tanto inspiraron a la mitología prehispánica de Mesoamérica y que disputan con lo jilgueros y los yigüirros de montaña en procura de los parduscos frutos arbóreos de los aguacatillos y de las purpúreas uvitas de los arbustos que se albergan en las márgenes de los bosques y en los setos.

Allá, en la altura, el bosque primario interpreta un concierto de céfiro con las copas de los nobles y centenarios robledales. Paraje y atmósfera apropiados para afinar los pensamientos y los sentimientos.

Santa María de Dota se ubica en un espacio vital constituido por una llanura rodeada de montañas, es un valle clásico, de antología geográfica, ataviado por un río; ahí el tiempo transcurre mansa y dulcemente.

Al naciente se encuentra Copey con su bucólico Río Pedroso, al poniente San Marcos, a la vera del todavía calmo Parrita; por doquier se encumbran montañas; no hay tonalidad esmeraldina que falte en el entorno. El río Birrís, su cordial transeúnte, que luego adopta el nombre de Parrita, trae de la cordillera de Talamanca frescos, diáfanos y tersos caudales.

Aquí se cultiva, tuesta y empaca uno de los mejores cafés del mundo, producto del empeño de pequeños agricultores que se han agrupado cooperativamente y que son un modelo de democracia económica, lo que, indudablemente, ha marcado su impronta en estos lugareños.

Viejos valores. Los habitantes de Los Santos todavía conservan hábitos muy ticos, que nos recuerdan a la Costa Rica noble, trabajadora, solidaria y respetuosa del prójimo, que se nos está yendo de las manos frente al laberinto ya descrito por el poeta Carlos Rafael Duverrán del “…desamor por el arte y la verdad acuñada, de su pasión por el oropel, por la falsa esmeralda y el ámbar corrompido”.

Todavía escuchamos, cuando vamos por estas comarcas, el “adiós amigo” de algún vecino que, sin conocernos, tiene esa gracia; en el comercio la atención es esmerada, sin que falte el ancestral “con mucho gusto”, y algunas veces nos sorprenden con la fineza “hace días que no lo vemos por aquí”.

Roberto Murillo Zamora (q. d. D. g.), el brillante filósofo y mejor amigo, nos invitó, a través de sus escritos, a venir, primero, y luego, a admirar tan munífica y hospitalaria tierra y pobladores. En medio de sus profundas indagaciones ontológicas el pensador fue un cultivador de la estética, y de ahí su aprecio por la naturaleza.

Desde Quebradillas de Dota, a dos mil metros de altitud, se admira el apacible valle mariano con su cabellera inicialmente trenzada por los cafetales y en la parte superior el moño afro de sus crestas. Cuando el sol pierde ángulo sobre el valle deja a las nubes ardiendo sobre las sierras.

Allá abajo tuvo cimiento la Segunda República, la del benemérito de la patria José Figueres Ferrer, de la que somos herederos los beneficiarios de las garantías sociales, de la banca nacionalizada, de los seguros sociales y otras entidades de servicio público, y que en su momento produjo una vigorosa clase media. Atrozmente la paulatina devastación de esos beneficios populares está hundiendo a las mayorías del país en la pobreza y en la miseria.

El espíritu del genuino figuerismo, de cuya hidalguía es testigo de excepción Santa María de Dota, no merece ser dejado, pues forma parte del ser de la nacionalidad costarricense, y no es concebible, ni menos responsable, que alguien deduzca con amañados argumentos que el pueblo ha decidido autoflagelarse...

Los nortes patrios podrían romperse de nuevo.

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