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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Si la educación es, políticamente, lo esencial, es preciso insistir sobre ella día y noche, a tiempo y a destiempo. Las informaciones de estos días, en La Nación, nos ofrecen, en este sentido, un manojo de reflexiones y de preocupaciones que no se deben desaprovechar. 2 de diciembre: Escuelas reportan alta promoción en sexto grado. Al parecer, supera el 90%. Los exámenes se revisaron en cada escuela. 6 de diciembre: cuatro de cada diez perdieron el bachillerato. Casi 9.000 estudiantes (de más de 30.000) no realizaron las pruebas porque desertaron o reprobaron el undécimo año. El 72,39% de los estudiantes obtuvo la nota mínima de 68,5%. La promoción en Estudios Sociales, Cívica, Español y Francés superó el 95%. El ministro de Educación, Leonardo Garnier, dijo: “Los resultados en Matemática son claramente insuficientes. Tenemos problemas en el manejo científico y pensamiento lógico”. El MEP eliminó 24 preguntas en los exámenes por cuanto “presentaban deficiencias técnicas”. En Español se suprimieron 8 de las 60 preguntas; en Matemáticas, seis, y en Química y Física, tres en cada una. El ministro Garnier dijo: “Hay gente que cree que las preguntas difíciles deben eliminarse porque están malas, pero un examen bien hecho debe contener preguntas difíciles”. Los egregios dirigentes de APSE solicitaron eliminar ocho preguntas de Matemáticas que, según ellos, estaban mal planteadas. Félix Barrantes, de Control de Calidad del MEP, declaró que las preguntas eran correctas. La posición de los dirigentes de APSE es comprensible y coherente. A juzgar por sus escritos, no hubieran ganado el examen de bachillerato. 7 de diciembre: un 85% de los colegiales fallaron en los exámenes de noveno. APSE exige que el examen nacional se elimine “porque no aporta nada”. (Se comprueba así lo dicho anteriormente). Y, como remate, releamos la columna Expresiones del miércoles. La mayor parte de los padres de familia se quejan de los exámenes (los más fáciles del mundo) por cuanto producen estrés y frustración en los alumnos (la ley del mínimo esfuerzo). ¡Pobrecitos! Un alumno dijo: “Si quieren que la educación pública se desarrolle, eliminen los exámenes”. Analicemos estas informaciones y las opiniones de algunos padres de familia y de los dirigentes de APSE o de ANDE, da lo mismo. En este laberinto de hechos, estadísticas, contradicciones y disparates (con excepción de lo que dicen las autoridades del MEP), estamos frente a una verdadera tragedia nacional, incubada en el pedagogismo y en la filosofía de John Dewey. ¡Escuela pública: nuestra revolución!
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