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Enfoque Jorge Vargas Cullell jovargas@nacion.com “¡Patea más un pollito!” me gritaron luego de que, encarrerado, disparé al marco contrario y la pelota llegó al portero, mansa y saltarina. El interpelado era yo, y confieso que me picaron el honor propio. Redoblé esfuerzos y en el siguiente lance rematé de cabeza. De nuevo, esa misma voz exclamó: “¡Cabecea más un borracho en una vela!”. Nunca tuve ilusiones sobre mis destrezas futboleras, pero la cosa empezaba a pasarse de castaño oscuro. Me apliqué al máximo pero, ¡ay!, el talentoso del otro equipo me hizo la perrita (para los no aficionados al futbol: pasar la bola entre las piernas). No pasó un segundo, y oí la voz diciendo: “Idiay, papito, ¿me lo rajaron?”. Continué, desmoralizado, con ganas de pedir cambio y de paso matar al impertinente. Al poco tiempo perdí un balón e inexorablemente la vi venir: “Salite solo”. Así, lacónica, la petición no admitía dudas y yo era cosa juzgada. Pasé el resto del partido deambulando por la cancha hasta que, poco después de iniciado el segundo tiempo, el entrenador me sacó. Después de tantos años no recuerdo el marcador ni el equipo contrario y ni siquiera la plaza. En cambio, recuerdo, como si fuera hoy, al gordo jodedor que ese día me fregó. Después averigüé que siempre hacía eso: escogía alguien del bando contrario y le quebraba la voluntad. Como era grandote y bueno volando catos, todo el mundo (incluido yo) se lo pensaba antes de meterse con él. No mucho más me repor-taron las canchas abiertas, además de golpes y unos yuyos que me costó sacármelos de encima. Sin embargo, la verdad es que muchas cosas me dejaron las canchas abiertas. Hijo de una familia de clase media profesional y estudiante en un colegio privado, participar en equipillos de futbol con compañeros que vendían copos, con los hijos de la señora de la soda y jugármela contra defensas centrales cara-de-crimen que jalaban sacos en el mercado o en las construcciones, me abrieron los ojos a lugares y personajes que de otra manera nunca hubiera conocido. A la distancia, pienso que una sociedad más abierta, cosmopolita y diversa como en la que hoy vivo, ha perdido esos espacios de encuentro donde gentes de tan diversa procedencia nos (re)conocíamos como parte de una misma experiencia. Hay acceso a muchas cosas, pero poco cemento que nos una. Parece que la diversidad está dando paso a los guetos sociales. Algunos son de oro y otros de lata, pero todos son experiencias sociales muy limitadas. El punto de fondo que me preocupa desde hace años es el siguiente: ¿qué nos une hoy a los costarricenses más allá de las invocaciones rituales a los símbolos patrios?
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