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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com La elección de alcaldes, la derrota del C. S. Herediano y la consiguiente victoria de Pérez Zeledón, la caída del C. S. Cartaginés abatido por Puntarenas, el equipo de moda en Centroamérica y más allá; los airecillos navideños, el frenesí mercantil, los primeros tamales, la reelección de Hugo Chávez, el desfile necrófilo en honor de Fidel Castro, en Cuba, a punta de vivas a Raúl Castro; la estratégica –una vez más– corazonada de Pinochet; la competencia entre estos dos angelitos para ver cuál de los dos traspasa primero –¿o los dos juntos?– la barrera de la mortalidad… Todo, en definitiva, se conjuró para que los costarricenses no nos enteráramos –¿fraude mediático?– de la elección, el sábado pasado, de la mitad de la junta directiva del Colegio de Abogados. Costa Rica ha roto todas las marcas mundiales relativas a la producción de abogados. Actualmente, aparecen inscritos como tales –esto es, por poseer un título– más de 19.000 togados, cantidad equivalente a una producción de 3,8 abogados por día. Esta plétora explica, mejor que cualquier diagnóstico, muchos problemas nacionales, en vista de que todos necesitan comer. Pues bien, de los 19.000 abogados llegaron a votar, en la elección del sábado, 170 valerosos. Dicen que las carreras de los candidatos y de los organizadores para contar, al menos, con 50 votantes –el mínimo requerido para la validez del acto– fueron dignas de la ciudad de Olimpia, en Grecia. El abstencionismo y la desafección ciudadana no es, pues, monopolio de alcaldes. Está enquistada en el corazón mismo del templo de las vestales del derecho. Lo descrito anteriormente se presta para las más variadas conjeturas. Quedémonos con una. El problema del abstencionismo no es la exigüidad de los votantes, sino el triunfo de los audaces. Lenin, como se sabe, esperaba, el muy astuto, en sus primeras andanzas, que los indiferentes o los dormilones se marcharan de las reuniones y, cuando estaba seguro de los suyos, los fieles, presentaba sus mociones y arrasaba. Nota al margen: los dirigentes de ciertos sindicatos, eternizados en sus cargos, son elegidos en la tercera convocatoria por cuatro gatos. Posteriormente, hablan en nombre del pueblo y de los pobres, salen por los fueros de la soberanía y proclaman la democracia participativa, precisamente aquella que siempre han pisoteado ellos mismos. En fin, el abstencionismo da para todo. Como sinónimo de indiferencia, congelación de la mente y del corazón, es la peor de las desgracias. Lo contrario del amor no es el odio. Es la indiferencia. Sus víctimas son infinitas.
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