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De riquezas y pobrezas Raymundo Macís Delgado RMacis@zurcherodioraven.com Abogado Desde que era niño me enseñaron que en el mundo había dos clases de gente: gente rica y gente pobre. La primera se me presentaba realmente llena de lujos y opulencia, la pobre, rodeada de hambre y de miseria. Sin embargo, conforme iba creciendo, no podía entender por qué aquellos que lo tenían todo a menudo se quejaban de la vida, mientras quienes no tenían nada eran felices con lo poco que les deparaba el día a día. Con el tiempo fui entendiendo que no solo existía la pobreza material, sino también la espiritual: la del alma. Fue entonces cuando comprendí que lo material no era lo más importante. Me di cuenta de que en el mundo había mucha gente hambrienta, con hambre de Dios, tal vez de un poco de paz. Apego y abuso. La riqueza no depende del dinero que acumulamos. La pobreza no es falta de dinero; la verdadera pobreza es la falta de comprensión. Una vez, un hombre le hizo la siguiente pregunta a una gran mujer: “Usted ¿piensa que los pobres desaparecerán algún día de nuestra sociedad, desconcertada por extremos opuestos de una riqueza vergonzosa y de una impresionante pobreza?”. Su respuesta fue: “Mientras existan los ricos, existirán los pobres. Es necesario para nosotros que comprendamos a los pobres porque no existe solo la pobreza material, sino también la pobreza espiritual, más profunda y más difícil, que se anida en el corazón de las personas muy ricas. La riqueza no es solamente dinero o la propiedad, sino también nuestro apego a estas cosas y el abuso de ellas. Cuando estas cosas se convierten en nuestros ídolos, entonces nos volvemos muy pobres. Por eso, mientras existan ricos que abusen o no usen las cosas según la voluntad de Dios, habrá siempre pobres en el mundo”. Madre Teresa de Calcuta. No importa qué hagamos o dónde nos encontremos con tal que tengamos presente que pertenecemos a la vida, que ella puede hacer de nosotros y con nosotros lo que quiera, y que nosotros le debemos amor y respeto. Al fin y al cabo, nadie es dueño de nada: la belleza se va, el dinero viene y va y lo único que realmente nos pertenece a los seres humanos es lo que damos a los demás. Tal vez en la próxima Navidad podamos encontrar su verdadero sentido.
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