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Con los ojos del alma Chirripó y la dimensión intangible de los sentimientos donde anida el almaElbert Durán Hidalgo Periodista A 1.375 metros sobre el nivel mar, la emoción por la inminente travesía brillaba en los ojos y crujía en los huesos mientras la luna y las estrellas envolvían en el misterio los parajes boscosos de San Gerardo de Rivas. El desafío era contundente. Estábamos en el punto de partida de una empresa frustrada tras varios años de intentos inconclusos y dudas. Lo cierto es que no era fácil. Los 11 protagonistas de esta historia, gentes humildes y trabajadoras, estudiantes algunos y profesionales otros, encontraron siempre dificultades: agendas diversas, recursos escasos, apoyo insuficiente, temores y resistencias. Pese a todo, los unía por igual el decidido anhelo de ascender a la montaña más alta de Costa Rica, el cerro Chirripó, a 3.820 metros sobre el nivel del mar. Nada de esto debería parecer extraordinario de no ser por un detalle notable, una discapacidad común de los miembros del grupo, ante la cual, el solo intento del ascenso parecía descabellado. En aquel grupo había unión, ayuda mutua, trabajo de equipo y esfuerzo individual porque estaban convencidos –hombres y mujeres– de que su ceguera no tenía por qué limitarles su capacidad para trocar en camino la fuerza de una ilusión. Aguas eternas. Poco más de un año atrás, en un programa radiofónico, uno de sus líderes esbozó el proyecto. Hubo entonces una promesa de ayuda franca para realizar el arriesgado viaje a las alturas, a “las tierras de las aguas eternas” o Chirripó en lengua bribri. Aquella empresa siempre configuró para mí dos tipos de búsqueda: alcanzar un objetivo geográfico y racional y la de un sentido espiritual de la existencia en absoluta comunión con otros seres humanos y con la naturaleza. Los no videntes lograron demostrar que no se quedan en palabras. Distribuyeron tareas, buscaron apoyos y patrocinios, asistencia de personas y empresas dis- puestas a colaborar en una empresa entonces inédita en el país. Con el tiempo nos reunimos para organizar la salida desde San José al mediodía y, antes del alba del día siguiente, estábamos al pie de la montaña esperando la señal de la partida. Una oración fue el santo y seña del inicio del ascenso. Aquel pequeño ejército de pioneros tenía un distintivo nunca antes visto por aquellos senderos: los cayados de aluminio que servían de timón entre los guías y los no videntes; una especie de símbolo del vínculo y el apoyo solidario entre gentes con un destino común. Palabra y cayado. El empinado trayecto de 18 kilómetros hasta la base de los Crestones nos llevó 11 horas de esfuerzo permanente. Qué extraordinario intercambio de experiencias sensoriales. Los guías observábamos y describíamos. Los no videntes, atentos a las palabras, advertían de sonidos y olores que a los primeros nos resultaban imperceptibles. La palabra y el cayado marcaron el ritmo y la intensidad de nuestra marcha. Tengo para mí que el sendero del Chirripó marcó aquellos días dos direcciones: una, las alturas hacia donde veían nuestros ojos, y la otra, la dimensión intangible de los sentimientos donde anida el alma. El mediodía del 1.° de diciembre del 2005 una proclama fue leída sobre el pequeño promontorio de rocas que coronan Costa Rica. Fue un llamado a vencer los temores y los prejuicios frente al cambio y para superar las montañas imaginarias inventadas por los hombres. Fue una oración de fe en la capacidad de logro de quienes sueñan y se atreven a construir aquello en lo que creen. Once no videntes, hombres y mujeres, habían conquistado el cerro Chirripó. Sonrientes y con lágrimas abrazaron el rótulo emblemático del parque nacional. Otros tantos guías y amigos suyos, conmovidos, compartimos la profunda alegría del éxito alcanzado.
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