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La Tercera Guerra Mundial Dicho en palabras llanas: en unas décadas no tendremos qué comerDavid Jensen jensen7da@yahoo.com Abogado La tensa situación mundial seguramente hará pensar al lector que este comentario se refiere a la guerra en Iraq, al conflicto con Irán o al amenazante programa nuclear de Corea del Norte. Sin embargo, la Tercera Guerra Mundial ya comenzó y su carácter global indiscutiblemente supera a las anteriores. Primer frente. Los hechos son cultura general: el efecto invernadero, causado por la emisión de dióxido de carbono y otros gases, provoca el aumento de la temperatura en la superficie terrestre, la cual desde mediados de la década de 1970 ha aumentado en 1 grado Fahrenheit. La novedad es que los efectos del calentamiento empiezan a hacerse visibles a diario en la transformación del clima, hacia condiciones extremas, en las que la frecuencia de huracanes de tipo 4 y 5 y de tragedias como la vivida en Nueva Orleans es mucho mayor. El calentamiento también ocasiona que los niveles de los océanos aumenten al derretirse el hielo polar y los glaciales. Consecuencia de ello es que las autoridades de Tuvalu hayan conocido el concepto de “refugiado climático” de la peor manera, solicitando preventivamente a su vecino Nueva Zelanda asilo para sus 11.700 habitantes, pues las islas donde habitan podrían desaparecer, literalmente, en cuestión de años. Las islas Kiribati se encuentran en una situación similar, debido al envenenamiento de cosechas causado por las aguas marinas que inundan las islas. Segundo frente. La (sobre)población mundial llegó hace poco, en 1999, a 6.000 millones de personas. Sin embargo, ya podemos contar otros 500 millones nuevos pobladores y el séptimo millardo se pronostica para el 2012. En octubre, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés) hizo público que los niveles de explotación de los recursos naturales exceden en más de un 25% el potencial del planeta. Para el 2050 necesitaremos un segundo planeta en recursos para poder seguir con nuestras vidas. El crecimiento exponencial de la población mundial requiere el aumento correspondiente en la explotación de recursos. Si el planeta no tienen más recursos que ofrecer y los que ofrece son sobreexplotados hasta dejarlos inutilizables, la consecuencia lógica es que cada vez menos personas tendrán medios adecuados de subsistencia. Dicho en palabras llanas, en unas décadas no tendremos qué comer. Víctimas. Entre los caídos en batalla se cuenta un 31% de las especies terrestres, un 28% de las de agua dulce y un 27% de las marinas, en el período comprendido entre 1970 y 2003. Pero las víctimas caen en ambos bandos: alrededor de 30.000 niños mueren a diario de hambruna o enfermedades combatibles. Si se compara esta cifra con las guerras mundiales, la primera, con “apenas” 8 millones de muertos, queda muy por detrás de los 10 millones de niños que anualmente mueren. La segunda, con 62 millones de víctimas, parece haber encontrado a su hermana mayor, pues la Tercera Guerra Mundial apenas está “calentando…”. ¿Una guerra perdida? Lamentablemente la solución no es tan sencilla como firmar un Tratado de Versalles. Sería necesario que pasaran muchos años para poder tan solo disminuir los efectos de los daños hasta ahora causados. No es imposible evitar esta catástrofe, pero, para ello, los países industrializados deben renunciar al estilo de vida consumista que hasta ahora llevan y los países en vías de desarrollo pueden dejar de soñar con él. Con el fin de lograrlo, hemos de pensar en las consecuencias que nuestros actos tendrán en un futuro que muy probablemente no llegaremos a vivir. Si hoy alguna marcha o protesta es necesaria, es aquella de los ciudadanos que exigen a las municipalidades un programa de reciclaje, que solicitan al Gobierno planes para reducir la emisión de gases y que instan a sus compatriotas a tener conciencia global.
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