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Cuando callar es infame La inquina de un párroco pisotea los postulados básicos de la fe cristianaJacques Sagot jacsagot@gmail.com Pianista Señor cura párroco: Aun el más puro y noble de los rostros tiene sus imperfecciones. La Iglesia Católica ha asumido en Costa Rica una labor pastoral fundada en la caridad, la solidaridad y, sobre todo, en la primacía de la misericordia por encima de las sentencias condenatorias. Esta ha sido la más bella manifestación de la doctrina social que desde hace más de un siglo profesa. Para ofrecer abrigo y confortación a los indigentes y los enfermos, ha creado albergues atendidos por hombres y mujeres cuyo compromiso social enaltece al ser humano. Pero las verrugas cancerosas hay que extirparlas, y ello antes de que propaguen por metástasis a todo el cuerpo social. Por eso le escribo. Y lo expongo. Y lo denuncio. Cerca de su parroquia, una mujer tenaz y caritativa creó un albergue para brindar atención y afecto a los enfermos del sida. Atención médica pueden recibirla en otros lugares, pero el cariño –que por definición es personal y singularizado– es algo que las instituciones rara vez pueden ofrecer. Y esto es precisamente lo que ella les da a manos llenas. Con ínfimo apoyo institucional y a contracorriente de mil necedades burocráticas, ha dotado de techo, alimento y medicinas a decenas de seres humanos desertados por sus propios cuerpos: hombres y mujeres que encarnan los versos de Baudelaire: “Señor, dame la fuerza para contemplar mi propio cuerpo sin horror”. Cobardes lapidadores. Usted ha inhibido su derecho a comulgar, los ha difamado desde diversos púlpitos, ha dispuesto que las procesiones del Domingo de Ramos no pasen frente al albergue, ha declarado sacrílegos a todos aquellos que se cobijan bajo este techo y a su dueña, ha instigado a los miembros de la comunidad a escarnecer a estos infortunados seres que se prenden aún y siempre de la vida. Ahora son apedreados por cobardes lapidadores (los residentes han tenido que levantar una tapia de tres metros de alto para no ser alcanzados por los proyectiles). Dirá usted que son los miembros mismos de la comunidad quienes, por su propia voluntad, han rehusado comulgar en compañía de homosexuales, exdrogadictos y mujeres infectadas (una de ellas violada por un miserable que tenía perfecta conciencia de su condición seropositiva). Aun cuando así fuese, ¿no es la misión de un sacerdote enderezar las actitudes de su feligresía cuando estas son inhumanas o aberrantes? He dialogado con ellos, he escuchado el relato de sus infiernos, sus muertes y resurrecciones espirituales. ¿Cómo es posible que desde su inimaginable soledad hayan tenido que buscar la paz postrera de la extremaunción en otros sacerdotes, tal es la severidad con que usted los juzga? Siento por la Iglesia Católica inmenso respeto y sé que lo menos que hará será reprenderlo por su ignorancia (no señor: el VIH no se contagia a través de una hostia. Algo más: el dolor no es sinónimo de castigo y expiación). Contra la ley. Pero su actitud de juez tonante no es solo censurable desde la perspectiva religiosa. El artículo cuarto de la Ley General del Sida estipula: “Prohíbese toda discriminación contraria a la dignidad humana y cualquier acto estigmatizador o segregador en perjuicio de los portadores del VIH”. Su inquina pisotea los postulados básicos de la fe cristiana, de la Cáritas de Benedicto XVI, del amor y la misericordia. No es usted digno de su Maestro. Ni teológica ni humana ni ética ni civilmente es su posición aceptable. El caso debe ser investigado y llevado a la Defensoría de los Habitantes, a la Comisión de Derechos Humanos y a la Conferencia Episcopal. Vergüenza es lo que siento, y pesar, mucho pesar ante la evidencia de que la crueldad es un impulso constitutivo de la raza humana. Como persona me siento lesionado, como ciudadano, indignado. Para ustedes, hermanos que desde el fondo del dolor persisten en buscar la luz, todo mi amor, mi presencia efectiva y mi hombro firme de correligionario a su lado. No callaré. No cejaré. No los abandonaré.
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