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Al Grano Édgar Espinoza edgarespinoza@costarricense.cr He tenido amigas algo particulares. La vez que fui a visitar a una a su oficina, se acababa de tirar del noveno piso del edificio donde trabajaba. Otra, adicta al peligro, que buceaba entre tiburones, galopaba sentada al revés sobre el caballo y amaba la velocidad extrema, nunca me aceptó una invitación al cine porque lo consideraba demasiado insultante para su sistema nervioso. Y otra era igual de temeraria que la anterior, pero en un deporte todavía mucho más encabritado: la ninfomanía. Alexandra, en cambio, una buena amiga actual, lejos de ser suicida, su extrema fobia al peligro la hace igualmente intrépida, pero diferente pues, desde que en julio del 2005 decidió no volver a montarse nunca más en avión, viaja a Estados Unidos, Europa y Sudamérica únicamente en buques mercantes. Se cansó de tanto sufrimiento en el cielo: largas horas de vuelo prendida de las uñas al asiento, turbulencias, aterrizajes forzosos, tormentas, un amigo suyo muerto en una tragedia aérea en Medellín y el accidente del Concorde a tres días de haber despegado ella de París. A diferencia de todos nosotros, que vamos al aeropuerto Juan Santamaría a coger el avión hacia cualquier parte, ella viaja hasta Moín y aborda sola, como si nada, un barco mercante cargado de banano, piña y contenedores, que la lleva, a lo largo y ancho de 14 días, al puerto de Dover, Inglaterra. Se aloja en una de las poquísimas cabinas disponibles, en esas embarcaciones, para excéntricos, y que en su último viaje consistían en un multimillonario inglés empecinado solo en leer durante la travesía, un expiloto (y su esposa) de Brittish Airways, obstinado a ratos por la ontológica lasitud del barco, y una dama francesa, nacida en Camboya, de 80 años de edad, obsesionada por vivir una gran tormenta en altamar. A mi amiga se le ilumina el alma cada vez que describe su viaje en esos barcos, a los que, pese a ser cargueros, compara con la sociedad perfecta donde ninguna puerta está cerrada, el orden y la limpieza son de joyería, al tiempo se le escucha el pulso, se lee y conversa hasta el amanecer, la comida tiene el inconfundible guiño europeo, y cada quien hace lo que le provoca, desde observar el horizonte deformado por las ballenas curiosas hasta acurrucarse en medio de la noche profunda bajo el zumbido cósmico de la colmena interestelar. La pregunta a ella era inevitable: siendo a veces la única mujer en el buque en dos semanas de travesía, ¿cómo hace, tan joven y exquisita, para no provocar entre los marinos una rebelión en altamar? “Ellos cuidan mucho su puesto y jamás se sobrepasan”, dice. ¡Definitivamente toda una dama del mar!
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