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Historias para recordar

El obispo Rafael Guizar se presentó ante el gobernador para que lo fusilaran

Alberto Casals
acasals2003@yahoo.com
Presbítero

En 1931, el gobernador de Veracruz (México), Adalberto Tejeda, emitió la orden de fusilar al obispo católico Rafael Guizar –recién canonizado en Roma por el Papa Benedicto XVI–. Desde la ciudad de México, donde estaba exiliado, regresó a su diócesis en Xalapa y se presentó en el palacio del gobernador para que él mismo ejecutara la orden. Le dijo: “He venido a demostrarle que soy respetuoso con la autoridad. Usted ha ordenado que me fusilen en el lugar donde me encuentren. He venido para que usted mismo pueda darse el gusto de hacerlo, y evitar así que ninguno de mis fieles tenga que mancharse las manos disparando contra su obispo” (Pedro Barrajón, L’Osservatore Romano).

En 1913 ejerció su ministerio entre soldados, auxilió a los heridos del ejército federal del general Venustiano Carranza, e incluso logró infiltrarse como capellán en el ejército rebelde de Emiliano Zapata. Disfrazado de vendedor de baratijas, en medio de lluvia de balas, se acercaba a los que agonizaban y les ofrecía la reconciliación con Dios. A quienes lo deseaban, les impartía la absolución sacramental.

Un buen músico… Cuentan que en cierta ocasión fue delatado y los oficiales ordenaron su ejecución. Antes de morir quiso regalar al pelotón de fusilamiento un reloj de oro: lo lanzó al aire, y mientras los soldados se peleaban por él, aprovechó para fugarse. Volvieron a buscarlo y lo hallaron. Pero sus conocimientos de música lo salvaron. Amenizó la fiesta de los soldados y, después de una larga jornada tocando canciones, un oficial se acercó a él y le dijo: “Tú qué cura ni qué canónigo has de ser. Eres un buen músico, toma 25 pesos por tu trabajo y llévate el acordeón para que tengas con qué comer”, (Revista Palabra, X-06, pág. 72).

Benedicto XV lo nombró obispo de Veracruz, estando en Cuba, y partió a su diócesis el 1.° de enero de 1920. El dinero destinado a su recibimiento se entregó a los damnificados del terremoto de Veracruz y se dio a una intensa e incansable tarea de ayuda a quienes lo necesitaban y a visitar las regiones más afectadas por el sismo.

Esencial seminario. Pese a las dificultades, por la persecución religiosa en México –era la época de los “cristeros”– no solo atendió espiritual y materialmente a los feligreses de su diócesis, sino que se dedicó a la evangelización y la formación de sacerdotes y seminaristas. Siempre decía: “Un obispo puede carecer de catedral, báculo o mitra, pero no de un seminario”.

Durante 6 años, el santo obispo sufrió en silencio repulsas por defender la dignidad humana pisoteada y los derechos de las conciencias. Siempre veló por sus fieles y de su seminario salieron los sacerdotes necesarios para atender las urgentes necesidades de la diócesis. Muchas generaciones, en México, aprendieron la doctrina cristiana con un sencillo catecismo que él mismo había redactado. León XIII lo había nombrado misionero apostólico.

Murió exiliado en ciudad de México el 6 de junio de 1938, en una casa contigua al edificio de su seminario.

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