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¿Ganó Hezbolá?

Es probable que el resultado de la guerra sea más satisfactorio de lo que muchos creen creer.

Edward N. Luttwak


Edward N. Luttwak, estratega y asesor militar, es Investigador senior del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington, D.C. ©Project Syndicate, 2006. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

Inmediatamente después de terminada la Guerra de Octubre de 1973, el mundo árabe estaba alborozado, ya que el cruce del canal de Suez por el ejército egipcio y la ofensiva siria en los Altos del Golán destruyeron el mito de la invencibilidad israelí. En Israel hubo duras críticas a los jefes políticos y militares, a quienes se culpó de la pérdida de 3.000 soldados en una guerra que terminó sin una victoria clara. La primera ministro Golda Meir, el ministro de Defensa Moshe Dayan, el Jefe del Alto Mando de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), David Elazar, y el jefe de la inteligencia militar quedaron desprestigiados y pronto fueron reemplazados.

Tuvo que pasar tiempo para que se afianzara un sentido de la proporción, irónicamente impulsado primero que nadie por los gobernantes de Egipto y Siria. Mientras los comentaristas en Israel y en todo el mundo seguían lamentando o intentando reafirmar la supremacía militar perdida de Israel, tanto el presidente egipcio, Anwar Sadat, como su contraparte siria, Hafez Al-Assad, reconocieron con entereza que sus países habían estado más cerca de una derrota catastrófica que en 1967, y que era imperativo evitar otra guerra. Esto condujo a la paz de Sadat y a la tregua de Assad en 1974 sobre los Altos del Golán, que nunca ha sido violada desde entonces.

Es fácil leer en retrospectiva la guerra de 1973. Israel había sido atacada por sorpresa, ya que la buena información de inteligencia se malinterpretó en un clima de arrogante exceso de confianza. La línea de frente había quedado casi sin protección y se vio sobrepasada en su mayor parte. Los egipcios tenían un excelente plan de guerra y lucharon bien, y los tanques sirios avanzaron con decisión y lanzaron una ola de ataques tras otra durante tres días y noches. En 48 horas, Israel parecía a punto de sufrir una derrota en ambos frentes.

Burdos errores. Sin embargo, tan pronto como se movilizaron completamente las FDI y las brigadas de reservistas que constituyen el 90 por ciento de su fuerza estuvieron listas para entrar en batalla, los israelíes detuvieron en seco a los ejércitos egipcio y sirio, y comenzaron su propio avance casi de inmediato. La guerra terminó con las fuerzas israelíes a 70 millas del Cairo y a menos de 20 millas de Damasco, y su éxito quedó nublado por el impacto del ataque por sorpresa, las sobrerreacciones emocionales, y la dificultad de ver con claridad a través de la confusa batalla.

Hoy ocurre lo mismo con la guerra del Líbano y los burdos errores de percepción que la han seguido. Nadie debería sorprenderse de que los más modernos misiles antitanques puedan penetrar hasta los tanques de batalla más pesados y mejor protegidos. Sin embargo, los tanques israelíes hicieron un trabajo bastante aceptable en términos de limitar la cantidad de bajas. De manera similar, la falta de defensas contra cohetes de corto alcance con ojivas pequeñas es simplemente cuestión de sentido común. No son lo suficientemente potentes como para justificar el gasto de miles de millones de dólares en sistemas de armas de láser del tamaño de estadios de fútbol.

Los errores de percepción más graves son igual de obvios. Por ejemplo, en lugar de hacer caso omiso de las jactanciosas declaraciones de victoria del jeque Hassan Nasrallah, muchos comentaristas de todo el mundo repiten y apoyan su presunción de que Hezbolá luchó con mucho mas valientemente que los soldados regulares de los estados árabes en guerras anteriores. No obstante, en 1973, tras cruzar el canal de Suez, miles de soldados de infantería egipcios defendieron férreamente el terreno contra los tanques de batalla israelíes que avanzaban contra ellos. Estaban en un desierto plano y expuesto, sin ninguna de las protecciones y escondrijos que tenía Hezbolá en sus pueblos libaneses construidos de piedra.

Lo que es cierto es que los israelíes carecieron de un plan de guerra coherente, de modo que hasta su bombardeo mejor planeado quedó como una acción brutalmente destructiva (aunque con un efecto disuasivo, como lo demostró la inmovilidad de Siria). Similarmente, las acciones terrestres de Israel fueron dubitativas y poco decisivas desde su comienzo hasta su fin. Nunca se implementó un plan de contingencia totalmente desarrollado, es decir, una sofisticada combinación de penetraciones anfibias, aéreas y terrestres para llegar de manera rápida y profunda más allá del frente, antes de retroceder y destruir las posiciones de Hezbolá una a una desde atrás y hasta llegar a la frontera israelí.

El plan de contingencia siguió archivado debido a la falta de víctimas civiles en el lado israelí. Se había partido del supuesto de que miles de cohetes de Hezbolá, lanzados en andanadas concentradas (lo que compensa la falta de precisión del hecho de no estar guiados y combina un potente impacto), mataría muchos civiles, tal vez cientos cada día. Eso habría dado carácter de necesidad imperiosa a una ofensiva de larga escala con más de 45.000 soldados, justificando políticamente los cientos de bajas que habría costado.

La reconstrucción. Empero, Hezbolá distribuyó sus cohetes a las milicias de los pueblos, que lograron ocultarlos de los ataques aéreos, protegerlos de la artillería y evitar que fueran detectados por las sondas de los vehículos aéreos israelíes no tripulados, pero no fueron capaces de lanzarlos eficaz y simultáneamente contra esos objetivos.

En lugar de cientos de civiles muertos, los israelíes perdieron uno o dos por día. Incluso después de tres semanas, el total era menos que el producido por algunas de las bombas suicidas, lo que hizo que fuera políticamente inaceptable lanzar una ofensiva que mataría jóvenes soldados y jefes de familia. De hecho, una iniciativa así tampoco habría erradicado a Hezbolá ya que se trata de un movimiento político que ha tomado las armas, no un ejército ni una banda de pistoleros.

Por esa misma razón, es probable que el resultado de la guerra sea más satisfactorio de lo que muchos parecen creer. A diferencia de Yaser Arafat, que combatió por una Palestina eterna y no por los palestinos reales, cuya prosperidad y seguridad siempre estuvo dispuesto a sacrificar por la causa, Nasrallah tiene una base de apoyo político concentrada en el sur del Líbano.

Habiendo aceptado tácitamente la responsabilidad por el inicio de la guerra, Nasrallah ha hecho que Hezbolá centre sus actividades en la rápida reconstrucción de pueblos y ciudades hasta la misma frontera con Israel. La base de poder de Nasrallah ahora es rehén de la buena conducta de Hezbolá. Difícilmente se puede permitir comenzar otra ronda de luchas que lo destruya todo nuevamente.

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