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Costa Rica fracturada Bien común, proyecto de lo posible, más allá de la crítica irresponsable y la vana utopíaEnnio Rodríguez "Hoy tuve que robar", confiesa el esbelto joven de ojos verdes, desmoralización evidente y dignidad por los suelos, "tenía varios días sin llevar comida a la casa". Cuadros cotidianos de una Costa Rica fracturada. Desertores del sistema educativo que no encuentran empleo en los sectores dinámicos. "Dejá tu billetera en la casa", me recomendó un amigo, "cuando el corazón se estruja no hay billetera que alcance". "En esas casas se dieron bonos a quienes no los necesitaban, hoy han vendido o alquilan", señala la madre de tres, jefa de hogar, "hoy gané 1.500 colones cuidando carros, solo pude hacer un abono a la libreta", sábado largo para esa familia que construyó un ranchito en el pequeño patio de una familia que sí tuvo la fortuna de recibir una vivienda de interés social. El impacto de la mala gestión de las políticas públicas puede ser demoledor. Quizás indigna más un bono de vivienda familiar mal otorgado que la ausencia completa de presencia estatal. Pobreza y descuido público. Tasas de crecimiento económico bajas y erráticas, políticas públicas deficientes, particularmente en el campo social, exceso de regulación y control, corrupción en muchas esferas y la irrupción masiva de la droga y de la violencia asociada, han creado un clima propicio para soluciones de grupo o individuales que se contraponen o minan el proyecto colectivo. Crisis de identidad. El sentido de pertenencia a la sociedad costarricense se viene debilitando de distinta manera en los diferentes estratos sociales. Indiferencia de algunos que nunca la pasaron mejor en esta Costa Rica que se perfila como gran parque de diversiones y turismo aventura para quienes lo pueden pagar, nacionales y extranjeros, y resentimiento, amargura y hasta violencia de quienes solo fueron convidados a ver de lejos la fiesta de los otros, también nacionales y extranjeros. Globalización, competencia creciente, éxitos parciales y apetito desmedido para el consumo y la oferta de escándalos en los medios de comunicación masiva, se han conjugado para debilitar los cimientos de una Costa Rica de antaño más solidaria, con políticas públicas menos entrabadas y más señorío de quienes ejercían el poder. Entramos en una crisis de identidad. Las respuestas fáciles abundan; unos añoran el regreso a ese pasado, como si eso pudiese materializarse; otros plantean una crítica sistemática sin ofrecer opciones viables y, por tanto, irresponsable. No queda más que reconstruir los cimientos de una identidad nacional a partir de una recuperación de la solidaridad, abandono de la indiferencia de algunos y recuperación de la esperanza de los otros. En torno a esa identidad se puede tejer de nuevo el sentido de pertenencia. Esta reconstrucción solamente podrá florecer si las políticas públicas y las discusiones en torno a estas recuperan, en su discurso y práctica, el bien común como proyecto de lo posible, más allá de la crítica irresponsable y de la vana utopía. Se trata de crear la equidad en las condiciones mínimas materiales y espirituales para un goce creciente de la libertad en una enseñanza y práctica de la solidaridad, particularmente en su expresión más organizada, las políticas públicas.
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