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EDITORIAL

Cuando se quiere de veras

La nueva administración de Migración logró, en pocos días, con sentido común y autoridad, eliminar a los gavilanes y aligerar los trámites


Como nos lo enseñan la experiencia y los quebrantos de las personas que acuden a las oficinas públicas, las colas han sido, por muchos años, una tortura nacional, en particular para las personas de escasos recursos o sin valimiento político. Las colas se han convertido así, por su raigambre y poder, en una institución pública en la que se desvanecen los derechos humanos.

Las colas se han alimentado de la ineficiencia de las instituciones públicas, de la burocracia del "venga mañana", o cuando a bien tenga el funcionario; de la acumulación de peticiones o de derechos insatisfechos, de la indolencia, de la falta de autoridad para ponerles fin, de la ineficiencia y, con el correr del tiempo, de la corrupción. En el caso de la CCSS, las colas podrían convertirse en una forma de coacción con escala en un consultorio privado o en un biombo. Todo lo que signifique papeleo excesivo, controles desorbitados o largas esperas está expuesto a la manipulación y a la corrupción. Su ejemplo más palpable es el de los llamados, con toda precisión, gavilanes, señores de horca y cuchilla, huéspedes fijos de algunas oficinas públicas y, por supuesto, modelos de eficiencia por la celeridad con que logran realizar los trámites.

De aquí la importancia de nuestra noticia de ayer sobre la decisión de Migración -a cargo de Mario Zamora Cordero- de acabar con el señorío de los gavilanes. Por muchos años, Migración fue sinónimo de gavilanes y de trasiego de visas y pasaportes, en cuyo imperio, de vastos horizontes, de Asia a Costa Rica, no se ponía el Sol. Ahora, se está poniendo orden. El secreto ha sido eficaz y barato: la voluntad, esto es, la determinación de cumplir con el deber, de ejercer la autoridad y de guiarse por las normas legales y los principios éticos. Ha sido una labor silenciosa, pero ejemplar.

Los gavilanes cobraban, en años anteriores, ¢25.000 por un lugar en la fila. Una decisión, puesta en práctica por Migración, el miércoles pasado, eliminará a 300 gavilanes, todo un ejército, para adecentar estas oficinas y desterrar la desvergüenza. Los gavilanes, como informamos el viernes anterior, eran tan poderosos que se apoderaban de las aceras con las del alba, como diría Cervantes, para tomar las fichas al abrirse las oficinas y, luego, negociarlas con los de la larga cola. Un mercado cautivo. con todo y Estado. Y ¡ay de quien se quejara o no pagara! Los gavilanes también hacían justicia pronta y cumplida. Ese enorme dispositivo ha terminado y, al fin, Migración ha reparado en lo elemental: los usuarios, los seres humanos, no son los que están dentro de la malla, sino también los que están fuera, en las aceras, bajo la opresión de los gavilanes.

Ahora, Migración atenderá unas 200 personas por día y desaparecerán las filas por cuanto regirá un horario, y las fichas son intransferibles. Este no fue un descubrimiento científico ni significó costo alguno para el Estado. Simplemente, se pusieron en práctica dos poderes olvidados en el funcionamiento de las instituciones públicas, de las empresas y de las familias: el sentido común y el ejercicio de la autoridad, cuya escasez, por cierto, nos está costando sumas gigantescas. ¿Por qué, por tantos años, no se procedió en esta forma, en aras del interés público y por respeto a las personas? Sencillamente, porque no se quiso. Y ¿por qué no se quiso? Porque, de seguro, estaban reinando otros intereses, los mismos que se han apoderado de no pocas instituciones y que, al conjuro de diversas investigaciones periodísticas, han estado saliendo a flote.

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