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A pesar de los juegos perdidos El futbol muestra, en otro plano, las carencias del país y su inserción en el mundo globalRafael Ángel Herra rafaelangel.herra@gmail.com Filósofo Giovanni Arpino, en la novela inspirada por la derrota de Italia en el campeonato mundial de 1974, expresa la paradoja de que el futbol es también lo que no es. Una de las tantas formas de entender esta expresión es el título de la novela de Pierre Bourgeade publicada en 1981: El futbol es la continuación de la guerra por otros medios, frase que parodia el muy citado texto de Carl von Clausewitz, en su libro Sobre la guerra (1832): "La guerra es la continuación de la política por otros medios". El futbol no solo es una fábrica de héroes y villanos. Es más que juego y más que esa red de negocios mundial con sus millones de televidentes-consumidores; o, para decirlo con una trivialidad, el futbol es más que un deporte. Es lo que no es. En los días que corren este deporte es también en el fondo un emblema de la nacionalidad, un espacio que promueve los ritos de la identidad y, gracias sobre todo a la televisión por satélite, un fenómeno excepcional de la globalización. En la historia alemana, por ejemplo, ha tenido dos significados casi imprevistos: el triunfo, en 1954, les devolvió confianza a los alemanes abatidos por la guerra. Y en el campeonato reciente ha permitido acentuar cierta conciencia nacional que en el pasado reciente fue objeto de controversia. Espacio de convergencia. Hace unos años se debatió en los medios políticos y en la prensa la cuestión de si hace falta en Alemania un hilo conductor cultural. Incluso participó en ella el politólogo norteamericano Jeremy Rifkin con un largo ensayo. Hubo muchos críticos de este concepto, pero hoy por hoy, sin patriotismo malsano, el futbol parece favorecer la formación de un espacio de convergencia cultural alemana que tampoco excluya factores interculturales. Los turcos de Berlín enarbolaban la bandera de los colores negro, rojo y amarillo. Berlín es la ciudad de turcos más grande fuera de Turquía. De manera parecida, el campeonato ha servido a la integración de los alemanes del este y del oeste. Vi el partido Alemania-Argentina en un jardín cervecero de Friedrichshain, barrio del antiguo Berlín oriental. Hace unos años habría sido difícil imaginarse a ciudadanos del este enarbolando la bandera de la República Federal. No es que las dificultades de integración se resuelvan en cuatro semanas con el futbol, pero se ha producido una síntesis de identidades que seguro dejará rastros. No quiero olvidar otro ejemplo: la conciencia fragmentada de los africanos, víctimas de siglos de esclavitud, colonización ingrata, enfermedades, guerras y despotismos, conoció en el brillante juego de Ghana un factor de fuerza moral, sí, incluso de orgullo. La calidad del juego del seleccionado francés se apoya en la casi universal presencia de la inmigración africana y nordafricana. ¿No será este también un factor de integración para los jóvenes inmigrantes que el año pasado incendiaron los ban- lieues de París y de otras ciudades? ¿O se quedará todo en ritos y éxtasis colectivos igualitarios sin consecuencias? Útil aprendizaje. En Costa Rica no deberíamos dar demasiada importancia a los resultados de la participación del equipo. Experimentamos, desde hace mucho tiempo, una situación de desajuste social, para emplear un término blando, y sería provechoso ver que el futbol muestra, en otro plano, las carencias del país y su inserción en el mundo global, y es quizá un ejemplo exagerado de lo que debe hacerse en todos sus espacios de acción pública. A pesar de los juegos perdidos, hay que aprender de la circunstancia para volver los ojos sobre nuestro momento histórico y sus posibilidades y riesgos; y para hacer, en este deporte singular, los cambios técnicos y administrativos obligados. Así mismo, la reorganización del futbol es una metáfora o, más bien, permite trazar una analogía respecto a las tareas del país. En general, hay que revisar todas nuestras prácticas políticas, la conducta ciudadana y el sistema institucional. Solo así, en lo deportivo, pero también en otros campos, podremos nutrir expectativas realistas para el futuro: si se puede... que se pueda. El futbol es algo más que juego: también es una forma de ritualizar los conflictos y, casi siempre, una expresión de lo que somos. Hace varias semanas vi en un periódico europeo la explicación, con diagramas y dibujos, del complejo sistema de transmisión televisiva de los encuentros a partir de las señales de casi una treintena de cámaras en el estadio. El costo de la instalación sobrepasaba los 10 millones de euros. Cuando le comenté esto a un amigo, me respondió: una guerra es más cara.
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