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Los que no llegan Nuestro editorial del domingo pasado -"SOS social"- se refería, como bien lo expresamos, a numerosos estudios e investigaciones profesionales, a reportajes de La Nación sobre el deterioro sufrido por el sector social, a la ineficiencia e ineficacia de un buen número programas sociales, así como a una de sus principales causas: la corrupción, el clientelismo político, la mala gestión pública y, en esta, a la ausencia de controles, de evaluación y de rendición de cuentas. A aquella lista, ya de por sí exorbitante, han de agregarse dos temas relevantes más, tratados en otras informaciones: la parasitosis cobra vidas por primera vez en varias décadas (edición de La Nación de ayer) y solo dos de cada 10 estudiantes aprueban la enseñanza secundaria sin repetir (edición de La Nación de anteayer). Es decir, las informaciones se acumulan porque, cuanto más se ahonda en la realidad nacional, con más fuerza irrumpen los problemas sociales soterrados y agravados por mucho tiempo. Los Gobiernos y los partidos políticos han tenido una especial capacidad para disimularlos y, cuando, por el peso de las informaciones o del interés electoral o político, los han tomado en cuenta, han fallado en el análisis de sus causas y, por supuesto, en la presentación de las soluciones más adecuadas. Nuestra información del lunes pasado verifica lo dicho. El elevado nivel de repitencia y deserción en secundaria es de vieja data, como, en general, el decaimiento de la educación pública. El 33% de los estudiantes concluye la secundaria, pero repite al menos un año. Algunos estudiantes tardan unos 10 años en terminar sus estudios en los centros académicos y 11 años en los técnicos. Debe, con todo, aclararse que el MEP desconoce el promedio de años que, en verdad, demora un alumno en el colegio. El 48% de los alumnos abandona las aulas en secundaria. De este modo, casi la mitad de la inversión económica del Estado no rinde frutos. Los tres factores que, en parte, explican el bajísmo porcentaje de estudiantes que aprueba la secundaria sin repetir, enunciados por el titular del Ministerio de Educación Pública, Leonardo Garnier, indican un deterioro profundo en la educación nacional, conocidos desde hace años. Se refería el ministro Garnier a la mala enseñanza ("no enseñamos bien", dice), lo que supone una deficiente preparación de los profesores; la situación comunal (pobreza y violencia) y la deficiente infraestructura escolar (física y materiales escolares). A instigación de la competencia internacional y de la importancia dada a la educación actualmente, en nuestro país se ha tomado mayor conciencia de la gravedad de esta situación. Con todo, la acción eficaz no ha secundado la elocuencia de los datos. Como en otros campos de la vida nacional, la distancia entre ambas riberas, más bien, se ha agrandado, lo que, en el orden de la educación, alcanza una gravitación particular en el desarrollo del país. Las consecuencias están a la vista y el costo de ponernos al día exige de esta generación un esfuerzo drástico. La realidad de la sociedad del conocimiento, como distintivo de esta época, o, mejor, de la escuela como transmisora de conocimientos y de valores, rebasa, ante los déficits palpables de nuestro sistema educativo y ante la brecha creciente entre la escuela pública y la privada, un vigoroso sentido de unidad nacional. Este espíritu de unidad -y de supervivencia- conlleva, sin embargo, una fuerte carga práctica de desprendimiento, de colaboración y hasta de sacrificio personal, social y político. Bien sabemos que las proclamas y las buenas intenciones, sin la contrapartida del esfuerzo común, solo agravan los problemas sociales.
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