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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com El caso del Organismo Internacional Regional de Sanidad Agropecuaria (Oirsa), con sede en El Salvador y tentáculos por las fronteras de Centroamérica, pasará definitivamente a la historia. Ha sido, en el orden de la sanidad agropecuaria, lo que el Parlamento Centroamericano (Parlacen), en el político: refugio, despojo, despilfarro, ineficacia y cinismo. La Contraloría General de la República obligó al Gobierno -que acatará la orden- a rescindir el contrato con Oirsa. ¡Albricias! Contrista el ánimo, sin embargo, su partida pues la ciencia costarricense perderá una oportunidad de oro y, con ella, un premio Nobel para las autoridades de Oirsa y sus protectores. No otra cosa habría significado la conversión del agua en plaguicida. Jamás nadie, en la historia de la humanidad, había intentado esta proeza. Ahora, cantadas las exequias a Oirsa, el experimento se enterrará. Sobresale, con todo, una proeza mayor, si cabe la expresión: Oirsa pudo evadir venturosamente, por muchos años, todos los controles y, mediante el reparto de dinero, a manos llenas, acallar conciencias y silenciar bocas. Fue la caja chica de los ministerios de Agricultura de Centroamérica. En nuestro país, recaudaba ¢1.470 millones. Una fracción de este monto lo distribuía el MAG según su leal saber y entender, desde el pago de muñecas hasta safaris internacionales. La imaginación humana no tiene límites cuando Arquímedes le presta el punto de apoyo, el famoso " ubi consistam", para la palanca que mueve el mundo. Lamentablemente, el reparto de palancas no resulta equitativo. Oirsa fue, además, temida. Al tocar sus puertas, en busca de información, siempre respondía: "No me toquen. No soy pública, como otras pecadoras, sino virginal y privada". Tras este velo y esta vestal, se escondieron, pudorosos, los ministerios de Agricultura, hasta que un día llegó La Nación y, en la mejor jerga tica, le levantó los chingos y la dejó en cueros. La Nación tuvo que hacerlo todo, aun el sometimiento de los plaguicidas a comprobación científica que, ¡ay dolor!, dio positivo. Era agua pura e inocente. Oirsa, sin embargo, no logró superar a Daniel Ortega, quien intentó convertir los huesos de un perro en los huesos venerandos de Juan Santamaría. Dichosamente, esta, la mayor afrenta en nuestra historia contra la dignidad de Costa Rica, acogida, con júbilo, por el Gobierno a la sazón, fue denunciada por un grupo de historiadores costarricenses. Y salvamos el honor. Así se escribe la historia, patria querida.
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