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Evasión del bárbaro generalista

La ignorancia incendia el mundo, pero el conocimiento, aun limitado, lo salva

Fernando Araya
Administrador de negocios

José Ortega y Gasset (1883-1955), en el libro La rebelión de las masas, escribe sobre "la barbarie del especialismo", circunstancia donde abundan quienes conocen su campo específico de formación profesional, pero "ignoran de raíz todo el resto". Esta tesis, esgrimida por Ortega entre 1926 y 1928, aún ejerce una poderosa influencia, especialmente en ámbitos donde reinan retóricas, ideologías y especulaciones desvinculadas de su entorno, lo que las hace proclives a las proclamas insurreccionales, mesiánicas, emocionalistas y contrarias a todo, fieles, en este punto, a las palabras de Mefistófeles en el libro Fausto de Johann Wolfgang Goethe (1749-1832): "Yo soy el espíritu que siempre niega".

Es claro que el especialismo constituye una grave deformación, pero su cabal comprensión requiere incorporar tres elementos, a los cuales Ortega, en su análisis, no se refiere: primero, junto al "bárbaro especialista" existe el "bárbaro generalista", cuya característica es ignorar cualquier saber específico, no obstante lo cual se autoproclama poseedor de una interpretación general del universo que le permite hablar, sin conocer, de cualquier cosa; este generalismo se ha convertido en un negocio multimillonario que, a través de presupuestos y apoyos internacionales, crea una estructura económica y administrativa global, destinada a legitimar las actividades generalistas (seminarios, conferencias, encuentros, especulaciones, pasantías, publicaciones, vagabundeos, etc.) diseñadas para mostrar y mostrarse mutuamente las bellas vaciedades de la retórica generalista; segundo, el "bárbaro especialista" conoce lo que conoce, pero el "bárbaro generalista" no sabe nada de nada, su ignorancia es su prisión y su placer; tercero, la especialización de los conocimientos permite profundizarlos a través de la interacción multidisciplinaria, la cual, además, genera otros conocimientos. Los tres aspectos indicados enriquecen el planteamiento original de Ortega y Gasset, acertado pero incompleto.

Opuestos. Tanto el especialismo como el generalismo constituyen realidades dañinas; sin embargo, si una hipotética sociedad racional y equilibrada tuviese que elegir entre un "bárbaro especialista" y un "bárbaro generalista", escogería al primero pues la ignorancia incendia el mundo, pero el conocimiento, aún limitado, lo salva.

Considérese la costumbre de separar lo técnico de lo ético. Los enfoques éticos de los asuntos socioeconómicos, dice el generalista, no implican alternativas técnicas ni contienen, sigue explicando, planteamientos concretos de organización social. ¿Es válido separar la técnica de la ética o viceversa? No lo es. Cualquier solución técnica de problemas sociales materializa contenidos éticos; la ética, por su parte, genera implicaciones técnicas. No es viable mezclar beligerancia moral y neutralidad técnica, como tampoco lo es el intento de sentar cátedra en lo técnico declarán-dose neutral en lo ético.

¿Es serio, acaso, hablar de inclusión social, soberanía y equidad sin fundamentar las alternativas para realizar esos ideales? ¿Puede propiciarse la justicia, la libertad y la solidaridad, negándose a proponer los modos de concretar esos valores?

Lo que el generalista predica al postular la dualidad ética-técnica, no es ética, sino moralismo. Ahí hace gala de su evasión, que nada envidia a la reclusión del especialismo. Si el generalismo es una vaciedad satisfecha en su moralismo, la "barbarie especialista" es un tecnocratismo autoaislado.

Los dos, en definitiva, son caras de la misma moneda, expresiones de un mundo esquizofrénico, dividido, alocado, violento, cuyos delirios son tan oscuros y arbitrarios como pueden ser los de un paciente en una sesión de psicoanálisis.

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