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¿Verde oro o gris plata? Juan Fernando Cordero jfcordero@nacion.com Según recientes informaciones, cerca de $200 millones se van a invertir a corto plazo en proyectos turísticos en Guanacaste. La noticia es muy halagüeña y lleva consigo indudables benecios para el país: ingreso de divisas, empleo, diversificación hotelera, tributos municipales y el encadenamiento productivo que la llegada de fuertes capitales implica. Pronto las colinas de Playa Hermosa, Papagayo y Tamarindo, entre otros sitios de exuberante belleza natural, estarán llenas de condominios y de moradores de altísimo poder adquisitivo, los pequeños poblados de los alrededores parecerán ciudades urbanas y se hablará principalmente inglés. Todo sería perfecto si no fuera por la duda, esa eterna y molesta duda existencial, de si es eso lo que Costa Rica realmente quiere y necesita. Nuestro país se ha promocionado durante los últimos años como un destino que basa su atractivo principalmente en la riqueza biológica que posee, un activo que naciones más fuertes se desearían. Eso de "No artificial ingredients" ha sido un gancho para miles de visitantes que, si lo que quisieran es ver cemento hasta 10 pisos de altura, pueden hacerlo más cerca de sus casas y a un costo mucho menor. Para esos miles de visitantes, Guanacaste probablemente está empezando a pasarse de la raya, sin retorno posible. De ahí que el país debería iniciar hoy mismo una discusión seria sobre hasta dónde quiere llegar en este tipo de desarrollo. En la isla de Bali, por ejemplo, muchas construcciones no pueden exceder el alto de una palmera; esa es la medida y ese ha sido parte de su éxito turístico. Hay que trabajar afanosamente en la búsqueda del sabio justo medio entre el crecimiento que buscamos como sociedad y la mejor distribución de los beneficios de ese crecimiento que pretendemos, y el arriegarnos a empezar a asfixiar a la gallina de los huevos de oro, ya sofocada de por sí por los altos precios y el mal servicio con que con frecuencia azotamos al foráneo. Las autoridades gubernamentales están en la obligación de garantizar que las decisiones locales en materia de desarrollo turístico (erróneas con mucha frecuencia) guarden congruencia con los planes nacionales, y que seamos nosotros mismos, y no los capitales especulativos, quienes continuemos decidiendo el cómo explotar mejor nuestros tesoros naturales.
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