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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Lo menos que se les puede pedir a los dirigentes o autoridades del país, en posiciones cimeras, es claridad y coherencia. Las declaraciones de los obispos católicos sobre el TLC, el viernes pasado, no satisfacen -sea dicho con todo respeto- este anhelo y necesidad. Ven indicios -dicen- de una mayor polarización social. Si se refieren al TLC, no es cierto pues es minoritario el grupo de personas opuestas al TLC, nutridas de prejuicios, poses ideológicas, interés político, manipulación académica y el simplismo populista e irrisorio de presentar el TLC como violatorio de la soberanía nacional o camisa de fuerza del desarrollo futuro del país. Sin duda, hay opositores al TLC de buena fe, pero con un pecado a cuestas: no aportan opción alguna concreta para subsanar las graves consecuencias sociales y económicas de su rechazo o de su aprobación tardía. Si los obispos se refieren a la polarización social, como brecha entre ricos y pobres, la denuncia es real, pero inconsecuente: sin TLC el perjuicio social -menos inversiones, empleos e ingresos fiscales- será general y fatal, y la polarización, ilimitada. Claman, a la vez, los obispos por "proyectos sociales", en beneficio de los pequeños productores. El problema social excede en mucho este grupo. ¡Cuántos inmensos recursos "sociales" se han dilapidado, por muchos años, por la corrupción y una pésima gestión pública! Y ¡cuán solos han quedado los pocos medios que congruentemente han denunciado, con pelos y señales, este asalto contra los pobres! Proponen, luego, los obispos que las consultas sobre el TLC se realicen "pueblo por pueblo" pues la discusión legislativa es "insuficiente". ¿Por qué? No lo dicen. Agregan, asimismo, que no están a favor ni en contra del TLC. Sin embargo, estas declaraciones confunden porque reiteran la posición dilatoria del PAC. ¿No se dan cuenta de que "todo" tiene que estar aprobado dentro de 17 meses y de que Costa Rica está a punto de quedar al margen? ¿Han medido las consecuencias funestas de este hecho? Perder el sentido del tiempo significa oponerse al TLC y causarle daño al país. Bien se sabe que la Iglesia no debe incursionar en el campo técnico. ¿No es presionar, acaso, en materia técnica, proponer una consulta "pueblo por pueblo", en menoscabo de la representación política? ¿No son, más bien, otros graves problemas, en el orden moral y social, los que exigen un enfrentamiento "pueblo por pueblo", como los expuso Mons. Barquero en la homilía del 2 de agosto pasado? Estas declaraciones, pues, nos sumen en la incertidumbre.
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