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Romería confunde a los sabios.

La romería o peregrinación afirma la identidad personal y popular

Jorge Eddy Solórzano Coto
Párroco y rector de la basílica de los Ángeles.

A quienes pretendan hacer una valoración sociológica sobre el hecho religioso en sus expresiones, como lo puede ser una romería, debieran antes que nada, comprender -o al menos preguntar- las motivaciones de la religiosidad popular y considerar que no hablamos de causas externas, que parecen fáciles de interpretar, sino de motivaciones profundas que se tienen que leer por dentro para darse cuenta lo que el pueblo siente y vive en su experiencia religiosa. Lo sagrado es un elemento que al hombre le hace sentir en referencia radical y dependencia que viene envuelto en el misterio que desborda. Ese elemento sagrado se manifiesta y se encarna a través del mundo sensible. Lo sagrado se manifiesta en personas, lugares y cosas sagradas y, por consiguiente, tiene su implicación histórica.

Si miramos el hecho religioso como puede ser la romería o peregrinación, este busca afirmar la identidad personal y del pueblo. No son pocos los pasajes de nuestra historia donde al pueblo se le ha despojado de sus bienes materiales, de sus instituciones políticas y hasta de gran parte de sus expresiones culturales. Ha perdido el poder; le han arrebatado la responsabilidad histórica. Pero no han podido arrebatarle su religiosidad (cfr. Puebla 109). Es en ella donde ha encontrado respaldo en muchas expresiones de la cultura popular y un medio para conservar la dignidad e identidad como persona humana y como pueblo frente a varias formas de dominación que se le han impuesto.

Convocación familiar. Un hecho religioso, como lo es la romería, se convierte en un lugar de convocación familiar y popular. Es la fiesta religiosa, donde le pueblo celebra su identidad con signos de amistad y fraternidad, y, si alguno no lo cree, que les pregunte a modo de ejemplo a quienes peregrinan desde San Vito de Coto Brus. Las manifestaciones religiosas siempre han sido uno de los principales medios de integración en las relaciones comunitarias y sociales, y constituye un vínculo de unión del pueblo, cosa que no pueden hacer ni los partidos políticos; ni los conceptos filosóficos de unos pocos, van más allá de las fronteras sociales o religiosas a las que nos hemos acostumbrado. Prueba de esto fue la peregrinación de la colonia libanesa que vino a implorar por la paz en el Medio Oriente.

Vivir de ideas abstractas no lleva ningún punto real, por eso el pueblo vive de lo sensible y lo concreto. Lo material y lo espiritual van unidos. La dicotomía fe-vida no es propia del pueblo. Para este, lo material y lo sensible es manifestación de lo espiritual y lo sagrado.

Quienes día a día estamos en la basílica de la Virgen de los Ángeles y escuchamos de viva voz las razones que motivan a muchos a venir y comprendemos que en esos peregrinos se comprueba la realización de la plegaria de Jesús en el Evangelio: "Te alabo, Padre, señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos, y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien" (Mt 11,25).

Quienes desde la periferia juzgan no tiene la dicha y la satisfacción de otros que si podemos hablar del recogimiento espiritual con que muchos vienen a este lugar y dan gracias a Dios por los logros obtenidos y ofrecer las metas a alcanzar. Escuchar las motivaciones de quienes vienen nos asegura que muy lejos está de captar el corazón de los romeros cuando se le reduce a una actividad de masa o ejercicio físico (cfr. Comentario Luis Ramírez, La Nación, sábado 5 de agosto del 2006, 31A) y cuidado, sino es hasta ofensivo para quienes les han movido razones de fondo para venir a Cartago. No creo que al día de hoy existan instrumentos científicos que penetren el corazón y el sentir de los que sí caminaron sin importar el costo que esto tendría, a cambio de buscar una mejor vida.

El pueblo de Israel. Por último quisiera recordar que en el ámbito cristiano, la historia del pueblo de Israel es una muestra clara que desde antiguo las peregrinaciones fueron parte de su vida religiosa. (Podemos destacar el de las peregrinaciones al santuario de Siquén Gn 12, 6-7; 33,18-20; la de Betel Gn 28, 10-22; 35,1-15, a Mambré (Gn 13,18; 18, 1-15; al monte Sinaí Ex 19-20). "Los salmos de las subidas" (cfr. Salmos 120-134) cuenta detalladamente lo que es peregrinar hacia el templo de Jerusalén, revela las motivaciones que tienen y el impacto que ocasiona en sus vidas el entrar en la casa de Dios, comparecer en su presencia ( salmo 84,6-8). San Juan llegará a presentar a Jesús mismo, por un lado como santuario vivo y verdadero de Dios (Juan 13,1), y, por otro, como peregrino que pasa de este mundo al Padre (Juan 16,28).

En su persona todos sus seguidores aprenderán a realizar su propia vida como peregrinación existencial, y de este modo la Iglesia, a lo largo de los siglos, se verá a sí misma como peregrina sobre la tierra. El inicio de las peregrinaciones se da cuando los cristianos quieren seguir los pasos de Cristo, después de muerto, en un intento por asemejarse a Él pisando los mismos lugares donde el vivió.

Al terminar las persecuciones, las catacumbas en Roma se convirtieron, sobre todo en tiempo del papa san Dámaso en verdaderos santuarios de los mártires, centros de devoción y de peregrinación, después de Jerusalén. Junto con Santiago de Compostela serán los tres grandes centros de peregrinación de muchos creyentes. Hoy como ayer la peregrinación encuentra su verdadero sentido en lo "trascendente", por ello, para quienes vivimos una experiencia de fe, seguirá siendo una forma de expresar que ser cristiano es ser peregrino. Gracias, romeros, por su testimonio de fe.

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