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/LA NACIÓN

Sucesión y transición en Cuba

Lo más importante no es cambiar precisamente el mando, sino el régimen

Eduardo Ulibarri


Partamos de una hipótesis cada vez más evidente: no importa qué pase a corto plazo con la salud de Fidel Castro, el proceso de sucesión ha comenzado en Cuba de forma irreversible.

A partir de ahora, el gran desafío para todos los demócratas, dentro y fuera de la isla, es cómo aprovechar esa coyuntura para impulsar la transición; es decir, para que el simple cambio de mando conduzca, de la forma más rápida, sólida y pacífica posible, a un cambio de régimen.

En este momento, nada se mueve en las altas esferas de La Habana. Ni siquiera Raúl, hermano supremo y heredero oficial, se atreve a decir palabra. Todos esperan el lento desenlace de la masiva operación practicada en las entrañas del patriarca. Pero, una vez que las dudas desaparezcan, comenzará el movimiento.

Si Castro 1 (Fidel) muere o queda inhabilitado como factor de poder, todo será más rápido. Si logra retomar algunas funciones, sean reales o ceremoniales, la velocidad bajará. Pero, en cualquiera de esos casos, ya no será posible mantener el impasse actual y los herederos designados -encabezados por Castro 2- deberán salir de sus escondites y tomar decisiones. Las posibilidades de dispersión, competencias y conflictos serán entonces casi inevitables.

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Dos papeles. Hasta ahora, para quienes constituyen el primer círculo de mando en Cuba, el origen de su posición ha sido tan claro como implacable: Fidel Castro. De él han emanado el control supremo, la legitimidad única y los designios finales, trasladados a los otros miembros del aparato, sean, según la jerga callejera, "talibanes" o "perestroikos", maduros o ancianos, burócratas o militares, o cualquier mezcla de lo anterior.

Para ellos, Fidel, antes que nada, ha funcionado como una necesidad de supervivencia y, por ende, de inevitable y única lealtad. Con él, todo; sin el, nada; contra él, peor aún.

Raúl implica otra cosa: no fuente, sino resultado del poder establecido; un sucedáneo incapaz de conjugar, como bien lo definió el disidente Manuel Cuesta Morúa en el diario Le Monde, "el mito, la historia, el poder, la palabra y la represión" característicos de Castro 1. Por ende, a pesar de sus cargos, grados y falta de escrúpulos, será un sucesor débil.

Y en las dictaduras, sobre todo aquellas construidas alrededor de un caudillo todopoderoso, la debilidad es una irremediable fuente de cambio.

Una ventana. En estas condiciones, se abre una ventana de oportunidades para la democracia y la libertad: compleja, confusa y probablemente contradictoria, pero la mayor para los cubanos desde el derrumbe de la Unión Soviética, y con un potencial más prometedor, porque no toca solo las circunstancias, sino la esencia misma de la dictadura.

¿Cómo aprovechar esta situación desde fuera del poder; es decir, desde los sectores independientes, disidentes y opositores en Cuba, y desde los exiliados y aliados demócratas en otras partes? Esta es, hoy, la pregunta clave. Cualquier respuesta debe ser sensata, pero ello no basta. También debe ser inteligente y, sobre todo, oportuna.

Dadas las condiciones actuales, el camino más eficaz no es acudir a las proclamas inflamadas, los proyectos generales de salvación o las confrontaciones extemporáneas, sino emprender la búsqueda de oportunidades concretas para ampliar los espacios de libertad e independencia en la isla, aunque al principio sean muy reducidos.

Es urgente, por ejemplo, centrar la denuncia y la presión hacia concesiones específicas, que sean fácilmente definidas y concretadas -como, por ejemplo, la liberación de presos políticos-, y que puedan convertirse en sólidas cuñas dentro de las corroídas paredes del régimen.

No se puede descartar que, para afianzar su nervioso poder, Castro 2 (solo o en conjunto con su convaleciente hermano) se incline por una mayor represión y control. Difícilmente, sin embargo, podrá sostenerlos por mucho tiempo: la simple erosión del tinglado personalista hará imposible la tarea.

Pero es factible también que, por una necesidad ineludible de oxigenar la cámara cerrada del Estado, se vea forzado a una apertura controlada, que pueda ser aprovechada para ir ocupando espacios desde la periferia del sistema, de forma primero lenta, pero luego más rápida y, quizá, irreversible.

Nada garantiza el éxito. Pero hacía mucho tiempo que la posibilidad de alcanzarlo no estaba tan cerca.

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