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Publicidad y dignidad humana Víctor Valembois En el supuesto de que la publicidad es útil (uno de tantos mitos con que nos entretienen), debe ser un servicio, nunca una imposición. Cuales arlequines posmodernos, en el supermercado los cajeros están obligados a vestir según la payasada del momento (la promoción a no evitar, el día de., etc.). Está bien que a esos dedicados y únicos intermediarios entre las "cosas" a comprar y su efectiva adquisición medie su uniforme, con el logotipo de la empresa, pero ahora esos pobres empleados son, eso, empleados como cartelones vivos. De no plegarse a esas reglas, ¡adiós empleo! Al ubérrimo Espíritu lo sustituyó el dios Business y su acólito, la publicidad, hasta con clavos en los árboles (en ciertos idiomas "sangre" y "savia" se reflejan con el mismo vocablo: a mi me duele, como al árbol). Igual, con rótulos sobre puentes y postes, pese a que todo eso está prohibido. Ahora también en las puertas de ciertos ascensores, como este anuncio de Libromax: si fuera de una agrupación religiosa o política, varios pondrían el grito al cielo, pero tratándose de dizque "información"... ¿Por qué por esos lados tenemos que aguantar tanta contaminación visual, en nombre de la supuesta libertad? Como con el amargo campeonato de fútbol, la propaganda suele sostener mitos insostenibles. Vistos y sufridos. "Igual pero distinto", ya lo señalaba el finado Figueres, ahora con los buses: nunca ha importado el pasajero, pero desde hace unas semanas aún menos (el "todo y más" absurdo de tantas tiendas, pero al revés). Allí va la publicidad exterior a la cazadora, cazando, ahora ya no solo en el parabrisas trasero y los laterales debajo de las ventanas, sino en todo el cuerpo metálico ambulante. Aunque con cara de chiquilla guapa, el anuncio no puede tener preeminencia sobre los usuarios. Pero con la mentalidad cerril que prevalece, el tico no solo aguanta la música estridente o la conversión obligada que le receta el conductor, sino que, sin aviso, le bajaron aún más la calidad del servicio: como en el caso de esta publicidad de la Dos Pinos, envolvente y aplastante a más no poder (igual, en Cartago, durante la romería, ni que se tratara de un partido de fútbol). Otros casos vistos y sufridos son los del Gallito y Arcor, y de la promoción de nuestro glorioso equipo: apropiado, el sarcófago ambulante. Como sea, usted, borrego, ¡se queda sin paisaje, aunque sea el urbano! Claro que estamos acumulando puntos..., pero de aguante o de alienación. Perdonen el atrevimiento: para ser efectiva, la promoción de chunches ha de ser oportuna, estética y todo menos aplastante (o produce el efecto contrario). ¿También estará en venta la "persona humana", como dicen ahora?
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