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No me encuentro en Madrid Ciudad multicultural, la capital española es hoy un auténtico caleidoscopio étnicoRoberto J. Gallardo N. gallardo@cariari.ucr.ac.cr Llegué a Madrid, hace unos días, con la idea de que en España encontraría de alguna manera la semilla de mi nacionalidad, plantada hace más de 500 años en un encuentro de culturas que tuvo consecuencias permanentes. Pero lo que encontré fue una ciudad multicultural en la que conviven marroquíes, indios, libaneses, ecuato- rianos, rumanos, iraníes, argentinos y colombianos, entre otros, en pleno proceso de definir una nueva identidad. Probablemente los signos de nuestra "castellanidad" deban estar diluidos en ese caleidoscopio étnico que es Madrid en este momento. Y que conste que tampoco esperaba llegar a Barajas y vivir un déjà vu, pero tampoco encontrar una ciudad en pleno proceso de reconfiguración de su identidad, una que en algunos aspectos resulta incluso alejada y extraña. Lo que está pasando aquí probablemente esté pasando en otras urbes de países desarrollados. La migración, nos enseñaron en el curso al que vinimos un grupo igualmente multinacional de latinoamericanos, no es nueva, ni siquiera es mayor que en otras épocas. Lo que ha cambiado en esta nueva migración es su dirección y motivación: antes se emigraba mayoritariamente de este a oeste en busca de mejores oportunidades; y ahora se migra de sur a norte, simplemente para sobrevivir. Es una consecuencia insospechada de la globalización, y de la desigualdad que ha generado en una región del planeta. Pero, además, en el caso específico de Madrid, según cifras dadas a conocer en los medios de comunicación en estos días: la población madrileña en general desciende, pero la llegada de inmigrantes aumenta. En términos prácticos, esto significa que cada vez viven menos españoles en su capital, mientras nacionales de otros países siguen llegando, legalmente todos, ilegalmente quedándose una buena cantidad. No sé si será el caso en otras ciudades importantes de países desarrollados, pero tengo la impresión de que en unos años ciertas urbes tendrán en común, como rasgo definitorio de su identidad, precisamente el no tener identidad. Seguirán existiendo la Puerta del Sol, la Torre Eiffel, el Coliseo y el Empire State Building como signos distintivos de esas ciudades, pero bajo ellos convivirá una heterogénea población que reconfigurará, permanentemente, los límites de la identidad nacional. Dejo de nostalgia. Pese a lo anterior, una gira de estudio en la zona de La Rioja, a unas cuatro horas de Madrid, nos mostró otra cara. En la multiplicidad de lugares habitados por unas pocas centenas de personas -en los que invariablemente se encuentra algún edificio construido en el medioevo-, encontramos algunas cosas que bien podrían constituir un antecedente de lo mejor de mi nacionalidad. En esos pueblitos, la cálida amabilidad de la gente, su sencillez natural, la bondad de espíritu e incluso la devoción de la misa del domingo, nos remitieron a la Costa Rica rural, sobre todo la del Valle Central. No es coincidencia que los costarricenses que asistimos a este curso no paremos de hablar de esta gira, probablemente, y sin que nos demos cuenta, con un dejo de nostalgia por una Costa Rica que cada vez nos queda más lejos. De manera que en la metrópoli, cruzada por la globalización y las nuevas corrientes migratorias, se configura una identidad cosmopolita, impersonal por su homogeneidad con otras ciudades en la misma coyuntura, que diluye las raíces que nos enlazan. En el caso de Madrid, ni siquiera los 38 grados que frecuentemente alcanza el termómetro en estos días nos acercan, porque el calor aquí no tiene la "tropicalidad" del nuestro, situado varios paralelos hacia el sur. Es un nuevo mundo, donde los centros urbanos se reconfiguran. Lo que resulte de este proceso me parece que nadie puede vislumbrarlo con certeza. Pese a que he dedicado largas horas a caminar sus calles, a escuchar sus conversaciones, a viajar en sus buses y a verles sus caras, no he podido encontrarme en Madrid.
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