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EDITORIAL

Dos actitudes hacia Cuba



En estos momentos de flujo, incertidumbre y potencial cambio en Cuba, cualquier verdadero demócrata, luchador por los derechos humanos, impulsor de la justicia y creyente en que la verdadera soberanía reside en el conjunto de los ciudadanos, no el las cúpulas de quienes los dominan, debería estarse planteando una pregunta crucial: ¿cómo utilizar la coyuntura para impulsar una fluida transición hacia la democracia, que deposite en el pueblo la capacidad de decidir sobre su futuro, expresarse libremente, organizarse políticamente y, en fin, ser verdadero protagonista de un acto en el que, hasta ahora, ha sido simple espectador controlado?

Esto último fue lo que hizo el presidente Óscar Arias, cuando instó abiertamente a Raúl Castro -sucesor dinástico de su hermano enfermo, quien mañana cumple 80 años- a utilizar esta oportunidad de traslación del poder para abrirse al cambio democrático. Y fue esta actitud, que refleja fielmente nuestros valores como nación libre, lo que condujo al vicepresidente nominal de Cuba, Carlos Lage, con total irrespeto, a condicionar los temas que podrían ser tratados durante un posible encuentro entre ambos en Colombia, que nuestro mandatario, obviamente, decidió cancelar.

Otras personalidades y otras organizaciones han tenido similar actitud a la de Arias, sea para instar a la liberación de los presos políticos (entre ellos 23 periodistas), para pedir un diálogo interno entre todos los sectores del país o para que haya, al menos, una declaración pública de intenciones por parte del segundo Castro. Y, si desde la propia isla no han surgido más voces de los grupos independientes, disidentes u opositores, expresando su opinión, es, precisamente, por la represión interna y porque muchos de los pocos corresponsales de prensa internacional que pueden trabajar en la isla tienden a quedarse con las versiones oficiales; si hacen lo contrario, corren el riesgo de la expulsión.

Pero la verdadera adhesión a la libertad y la democracia no es un bien que todos respeten a cabalidad: hay prejuicios, obsesiones, simplismos y distorsiones que oscurecen la visión y eliminan la coherencia. Por esto, no debe sorprender que un grupo de siete premios Nobel, y alrededor de 400 personas autodefinidas como "intelectuales" (firmar un manifiesto puede ser la forma más expedita de alcanzar esa categoría), hayan suscrito un texto sobre la situación cubana, según el cual los únicos actores relevantes en relación con ella son los hermanos Castro y el Gobierno de Washington.

Anclados en una enfermiza admiración por el dictador, rendidos ante su poder absoluto y llenos de prejuicios sobre Estados Unidos, los firmantes, encabezados por José Saramago, convierten las declaraciones de algunos funcionarios estadounidenses en pro de la democracia en una "amenaza creciente contra la integridad de una nación, la paz y la seguridad en América Latina y el mundo". Y concluyen: "Debemos impedir a toda costa una nueva agresión". En ninguna parte el documento, publicado con gran despliegue por el diario oficialista Granma, se refiere a la suerte de los cubanos. No hay mención a quienes padecen prisión; no hay una palabra sobre los intelectuales cubanos que no pueden expresarse, tampoco sobre el colapso económico apenas sostenido con petrodólares venezolanos, y ni siquiera se toma en cuenta que la única agresión real en Cuba es de las autoridades contra su propio pueblo, algo muy distinto de las hipotéticas "intervenciones" desde el norte.

La actitud de este grupo enoja, pero no sorprende. Siempre ha habido, y siempre habrá, intelectuales (reales o impostores) doblegados ante el poder y los prejuicios. Y, en el caso cubano, la mezcla del mito castrista y los atavismos antiestadounidenses a menudo conduce a estos exabruptos. Lo importante es que, mientras tanto, los verdaderos demócratas sigamos trabajando por la libertad y la transición en la isla. No es un proceso fácil. Pero, dichosamente, para pesar del señor Saramago y sus acompañantes de texto, está mucho más cerca.

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