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EDITORIAL

Desorientación sindical.



Un nuevo congreso de educadores, que significa una amputación del curso lectivo, pocas semanas después de las vacaciones de medio período, a cargo de la Asociación de Profesores de Segunda Enseñanza, invita a meditar sobre el tema capital de la educación en nuestro país. Estimula, sobre todo, a observar la diferencia, común, además, en diversas actividades del país, entre lo que se dice y lo que se hace. En el campo educativo, los congresos de los educadores, precisamente en medio del curso escolar, que rompen el ritmo lectivo y que, además, representan un mal ejemplo para los estudiantes, forman parte de esta incoherencia institucionalizada.

El primer paso para reformar el sistema educativo, satisfacer el desiderátum democrático de la cobertura en la enseñanza secundaria y la reducción de la deserción, modernizar y actualizar la infraestructura educacional, combatir la violencia, restaurar el imperativo de la autoridad de los directores y de los educadores, y, sobre todo, elevar la calidad de la enseñanza, tan venida a menos, consiste -vieja perogrullada- en hacer las cosas con seriedad.

La educación no es un juguete ideológico o retórico, el curso lectivo no es arma de negociación sindical y las aulas no son centros de adoctrinamiento a disposición de las tendencias ideológicas de los dirigentes sindicales de turno. Los alumnos y los padres de familia merecen respeto, la educación pública debe reconquistar su señorío y los sectores más desprotegidos de nuestra sociedad tienen derecho a que se les brinden, mediante una educación excelente, por la transmisión de conocimientos y de valores, y el buen ejemplo de los educadores, la más amplias oportunidades para realizarse y progresar en la vida. Esta es una obligación que nos compete a todos, a cada uno en su ámbito particular.

Lamentablemente, la brecha social en Costa Rica no solo se da, en el campo educativo, entre la educación pública y la privada, sino entre las proclamas y la realidad, entre la retórica y la conducta, entre el interés personal y el interés público, entre la exaltación de la educación y los magros resultados anuales, y, peor aún, su evidente declinación. Difícilmente lograremos colmar los déficits actuales, en el orden cualitativo y cuantitativo, si no surge una voluntad inquebrantable de cambio, en busca de la excelencia, el cual supone, necesariamente, una dosis elevada de entrega y de seriedad, esto es, de respeto pleno a los derechos de los niños y de los adolescentes.

Entre estos derechos figura, en primer lugar, una formación intelectual, ética y cultural de excelencia. Los dirigentes sindicales de los educadores no responden, al parecer, a estos ideales. Los educadores nacionales requieren otros líderes. Y los congresos de los educadores deben significar -sin ser vacaciones- un verdadero aporte a la educación nacional. No creemos que pueda lograrse este objetivo supremo con un programa enciclopédico, en el que sobresalen, por la propaganda hecha por la dirección de prensa de APSE, "la ratificación de un plan de acción contra las políticas liberales" y "la ratificación de una alianza con otras organizaciones sociales para ejecutar un plan de movilización contra el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (TLC), la agenda complementaria, la reforma fiscal y el desmantelamiento de las instituciones sociales".

Por respeto a la educación pública, a los padres de familia, a los estudiantes y al país, no se deben usar los recursos de las asociaciones ni el tiempo dedicado a la educación en proclamas ideológicas y, menos aún, en la manipulación de las conciencias. Esta mezcolanza de temas, esta desnaturalización del hecho educativo, esta desorientación intelectual y esta pérdida de tiempo comprueban, asimismo, cuán difícil es, en nuestro país, salir de lo trillado. Sin embargo, no se debe escatimar esfuerzo. Las nuevas autoridades del MEP han mostrado visión, capacidad y abnegación. Estamos seguros, además, de que las desviaciones sindicales están lejos de representar el criterio y el anhelo de los estudiantes y de los padres de familia.

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