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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Según se informó el sábado pasado, los Gobiernos de Costa Rica y Nicaragua aceptarían buscar "un arreglo amis- toso", tras la denuncia formulada por Nicaragua sobre xenofobia y discriminación contra nuestro país, ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). La posición del canciller costarricense, Bruno Stagno, es digna y lógica: este acuerdo debe enmarcarse en las leyes internacionales, en la buena voluntad y, por ningún motivo, supone la aceptación de responsabilidad alguna de parte de Costa Rica. Lo que cabe más bien, agregamos, es que el canciller nicaragüense, Norman Caldera, reconozca que también el ridículo tiene límites. Su denuncia fue un acto de agresión verbal -otro de su parte- contra Costa Rica e, indirectamente, contra su país, al punto de que la propia Procuraduría de Derechos Humanos de Nicaragua le llamó la atención pues, sin decirlo, exponía al Gobierno de Nicaragua a una derrota ante la CIDH, por carencia absoluta de razones, mientras se tramita la demanda contra Nicaragua, de parte de Costa Rica, ante la Corte Internacional de Justicia en La Haya por la navegación en el río San Juan, otro timo de Arnoldo Alemán. En síntesis, el problema es de Norman Caldera, un desteñido canciller, cuya animadversión contra Costa Rica es de sobra conocida, quien forma parte del juego político típico de los Gobiernos y dirigentes de Nicaragua: convertir el río San Juan, las vicisitudes fronterizas y, ahora, la inmigración nicaragüense en pitanza electoral. El invento ahora se llama xenofobia y discriminación contra los nicaragüenses en Costa Rica, infamia que los propios nicaragüenses de pro rechazan con pena. ¿No suena, más bien, a cinismo manipular la muerte de Natividad Canda y José Ariel Silva en Costa Rica para acusar al Estado costarricense, o enviar comisiones legislativas a investigar la observancia de los derechos humanos en nuestro país? Norman Caldera acepta, obligado, "el acuerdo amistoso" -cuando lo que cabe es su renuncia como canciller- y el viernes pasado volvió a "denunciar que Costa Rica incumple su deber de garantizar los derechos humanos de los inmigrantes nicaragüenses". Al cinismo se agregan la mala fe, la sinrazón y el desconocimiento de las funciones básicas de un canciller, puente y fuente de buenas relaciones, como debe ser, y no caldera de odios contra Costa Rica, paradigma mundial, en medio de sus penurias, de brazos abiertos hacia los exiliados y a las caravanas de seres humanos aventados a nuestras tierras por dictadores, comandantes, piñatas y políticos incompetentes.
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