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Guerra contra la "democratización"

La democratización y la paz en Oriente Medio imponen la renuncia islámica a la violencia

Álvaro de Vasconcelos


Álvaro de Vasconcelos es el director del Instituto Portugués de Asuntos Internacionales. Copyright: Project Syndicate, 2006.

Las guerras en el Líbano y en Gaza constituyen una grave amenaza para la reforma democrática en el Mediterráneo meridional. Dichas guerras están infligiendo un duro castigo precisamente a los pueblos que han celebrado elecciones plenamente libres y justas en esa región, al tiempo que erosionan la legitimidad de la democracia de Israel.

En el momento de su "revolución del cedro" el año pasado, se puso al Líbano como el mejor ejemplo hasta entonces de democratización en el mundo árabe. El entusiasmo con que la comunidad internacional acogió esos cambios parece ahora prácticamente olvidado, cosa que también se puede decir de las recientes elecciones de Palestina: otra exigencia internacional ya antigua.

La señal que se está enviando es definitivamente clara: es preferible que Israel, el único Estado de la región que se atiene al imperio de la ley, esté rodeado por regímenes autoritarios, en los que los resultados políticos son previsibles, que por Estados democráticos en los que los islamistas pueden alcanzar el poder. Ocurrió precisamente en Palestina y podría ocurrir perfectamente en Egipto, si se celebraran elecciones libres y justas. A consecuencia de ello, los Gobiernos nacionalistas árabes se sienten plenamente justificados para resistirse a una reforma política en serio y reprimir toda oposición democrática, en particular los movimientos islamistas en aumento.

Movimiento islamista. Pero ahora debería estar claro para todo el mundo que la democratización en el Mediterráneo meridional no puede pasar por alto los movimientos islamistas y que el éxito de ese proceso depende en gran medida del grado en que esté garantizada su participación plena en el ruedo político.

Naturalmente, eso requiere que renuncien a la violencia como medio de alcanzar el poder. La de reprimir el islam político o intentar "borrar" militarmente a los islamistas sin tener en cuenta mínimamente los procesos políticos nacionales (por no citar la vida humana) no es la respuesta idónea, porque no convencerá a los electorados para que se alejen de los movimientos islamistas. Las medidas adoptadas por los gobiernos reformistas de esa región para integrar dichos movimientos en la esfera pública han recibido un golpe muy duro.

Hace mucho que las democracias saben que el castigo extremo e indiscriminado -que, por definición, afecta igualmente a los amigos y a los enemigos, a los combatientes y a los civiles - es una grave violación del derecho internacional, como ha señalado la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Louise Arbour. También saben que semejante acción alimenta el radicalismo y propicia el tipo de consecuencias trágicas que nos resultan tan familiares en la actualidad.

Al fin y al cabo, Hezbolá nació con la resistencia del Líbano a la invasión de Israel en 1982 y ahora intenta reafirmar su influencia en su país y en la región, en sentido amplio, presentándose como adalid de la causa árabe islámica, en particular en Palestina. Cualquier fortalecimiento de su poder debilitará necesariamente al Líbano y a las fuerzas democráticas de la región.

La situación actual es achacable en parte a la prolongada falta de participación activa por parte de los Estados Unidos en el proceso de paz del Oriente Medio. Durante casi seis años, no ha habido ninguna iniciativa diplomática importante alguna de los EE. UU. para resolver la cuestión palestina o seguir la vía siria (Israel sigue ocupando las Alturas del Golán).

La Unión Europea. Además, justo cuando estábamos empezando a pensar que la tragedia iraquí había vuelto claros para todos los límites del unilateralismo y las estrategias militares preventivas, el Gobierno de Bush alienta la acción militar de Israel... esta vez contra un país que ha estado intentando con muchas dificultades consolidar la reforma democrática y reafirmar su soberanía en relación con Siria.

La iniciativa más prometedora de Bush, el fomento de la democracia en el Oriente Medio, ya recibió un golpe demoledor con la intervención estadounidense en el Iraq y la guerra civil consiguiente en ese país. Ahora el proyecto está enterrado bajo el peso de la incapacidad de los Estados Unidos para proteger la frágil democracia del Líbano y el experimento democrático de Palestina.

La débil reacción de la Unión Europea ante la guerra en Gaza y en el Líbano ha oscilado entre la comprensión y la condena de la desproporcionada utilización de la fuerza por Israel (calificada de "diez ojos por uno" por la Presidencia finlandesa), que revela su dependencia de los EE. UU. para poner fin a la violencia. Los europeos no habrán aprendido nada de la dañina desunión y, por tanto, debilidad que exhibieron durante la guerra del Iraq, si este conflicto no los obliga a hablar con una sola voz.

Lo que hace falta es una iniciativa europea que esté respaldada por una fuerza militar disuasoria y creíble, compuesta de tropas de la UE, Turquía y los países árabes y enviada al Líbano y a Gaza conforme a un mandato de las Naciones Unidas. Europa no solo debe formular una exigencia clara de cese del fuego y fin de la intromisión sira e iraní en el Líbano, sino que, además, debe brindar los medios para imponerla, además de un apoyo en gran escala a la reconstrucción del Líbano. La UE debe respaldar con decisión el fin del embargo de Palestina y la urgente creación de un Estado palestino.

Un frente europeo común podría persuadir a los EE. UU. para que concedieran el tiempo suficiente al Líbano y a Palestina con vistas a consolidar sus procesos democráticos nacionales, con lo que aislarían a los elementos radicales de Hamás y propiciarían la disolución por parte de Hezbolá de su ejército privado. Con el proyecto de los EE. UU. en ruinas, resulta esencial una política europea creíble para deslegitimar la guerra y apoyar la democratización en sus proximidades.

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