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Golondrinas de distantes veranos

Elecciones en Nicaragua: entre el poder de Daniel Ortega y Arnoldo Alemán, y el pueblo

Sergio Ramírez


Los periodistas internacionales empiezan a llegar a Nicaragua, ahora que se acercan las elecciones. No pocos de ellos me son viejos conocidos. Antes, en tiempos de revolución, de guerra y desgracias, vivieron aquí, destacados de tiempo completo porque siempre había despachos que enviar; hoy, son como golondrinas de distantes veranos, y solo aparecen en las estaciones que marca el calendario electoral. La pobreza crónica, la corrupción apenas son atractivos para la prensa mundial pues, como marcas comunes que se repiten por la geografía de América Latina, por falta de novedad no son noticia. Las elecciones, desde luego, lo son. Los dados están lanzados y falta ver cómo se resuelve en las urnas el enigma del destino del país.

La pregunta obligada, a la que siempre debo responder cuando estos antiguos amigos me visitan, es acerca de quién pienso yo que tienen más oportunidades de ganar la presidencia. ¿Ganará esta vez Daniel Ortega? Pero semejante pregunta recurrente está ligada necesariamente a otra, que resulta ineludible, y debe ser respondida primero. ¿Tendrá Nicaragua elecciones verdaderamente limpias? ¿Se podrá evitar un fraude?

El escenario, en primer lugar, parece contradictorio. Hay dos grandes actores, ambos expresidentes, con poder de sobra en las instancias institucionales, el comandante Daniel Ortega, quien se presenta por sexta vez como candidato, y el doctor Arnoldo Alemán, condenado a veinte años de cárcel por lavado de dinero, pero libre gracias al artilugio político del pacto entre ellos dos, lo que permite a Alemán manejar las riendas de su partido. Derecha e izquierda se han fundido en un abrazo obsceno, que ha convertido, al menos en Nicaragua, los colores ideológicos en una mezcolanza.

¿Elecciones limpias? Los dos partidos del pacto, bajo la égida de Ortega y Alemán, son poderosos en recursos económicos, y capaces así de financiar campañas millonarias, más visible por apabullante, hasta ahora, la campaña de Ortega, que desfila montado en caballos de lujo alimentados con avena importada en lugar de zacate; y capaces también de financiar una costosa maquinaria, presente en todos los municipios del país.

Más allá de eso, desde los miembros del Consejo de Elecciones, hasta los presidentes de las últimas de las mesas electorales, han sido puestos allí por los dos caudillos, gracias a lealtades personales. Y también han puesto a quienes controlan el sistema electrónico de registro de votantes y el conteo de votos, y la emisión de las cédulas de identidad necesarias para votar, de manera que esos mismos funcionarios nombrados a dedo pueden decidir a quiénes dárselas, y a quiénes no.

Pero el hecho de que haya cuatro candidatos en la contienda contradice los intereses del pacto, pues Ortega y Alemán se han repartido hasta ahora, de manera exclusiva, el control de la Asamblea Nacional, de la Corte Suprema de Justicia, de la Contraloría General y del Consejo de Elecciones. Un triunfo en contra del pacto, sin embargo, ha sido que los candidatos independientes pudieran inscribirse, algo que se debió a la presión nacional e internacional.

Los ciudadanos. Son los ciudadanos los que hasta ahora, de acuerdo a la tendencia que marcan las encuestas, están cerrando los caminos a los dueños del pacto. Hay un empate técnico entre Ortega y uno de los candidatos independientes, Eduardo Montealegre, disidente de Alemán; y el candidato del propio Alemán, José Rizo, no ha podido remontar desde la cola de las preferencias, donde se encuentra desde el principio. Faltará ahora ver si Edmundo Jarquín, el candidato que repuso a Herty Lewites, el candidato disidente de Ortega, puede conservarse en la posición que aquel tenía.

La paradoja, digo a mis amigos periodistas extranjeros, es que los caudillos del pacto tienen todo el poder de contar los votos a su gusto y conveniencia, pero los ciudadanos tienen a la vez el poder de frustrar los designios del pacto, como hasta ahora lo están demostrando.

Me preguntan entonces mis amigos por qué no veo a Daniel Ortega ganando, desde luego que las encuestas lo favorecen como nunca antes. Este es un mito que la misma prensa internacional ha incubado, como lo prueba un artículo de estos días en el Washington Post.

Ortega tiene, a estas alturas, menos intención de votos que la que mostraba en las elecciones anteriores que perdió de manera aplastante ante el presidente Enrique Bolaños. Esto se debe a diversas razones. Al envejecimiento de su reiterada candidatura, y, sobre todo, a que por primera vez, al desaparecer la polarización, los ciudadanos no se ven obligados a votar en contra, para que uno de dos candidatos no gane. Hoy, se abre la perspectiva del voto positivo, dentro de la multiplicidad de escogencias.

Ortega introdujo, gracias al pacto, una reforma en la Constitución que permite a un candidato ganar en primera vuelta con apenas el 35% de los votos, siempre que mantenga una distancia de al menos 5 puntos respecto al candidato que le sigue. Las encuestas no dan a Ortega más del 26%. No ha podido pasar de allí desde hace meses, y el voto juvenil no lo favorece.

Sabe entonces que, si no gana en la primera vuelta, igual que la estirpe de los Buendía, no tendrá una segunda oportunidad sobre la tierra.

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