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Ojo crítico Rodolfo Cerdas En materia de tránsito, más que nuevas leyes lo que se necesita es cumplir con las existentes. Hoy rige la ley de la selva y cada quien respeta o irrespeta a su gusto y sabor las normas y reglamentos. El problema no es solo en las autopistas, aunque allí ocurran los accidentes más trágicos y espectaculares. Hay una continuidad entre la conducta en las carreteras y en las ciudades. Y, como en estas no hay nadie que haga cumplir la ley -salvo en caso de accidentes-, la gente se acostumbra a zigzaguear y olvidarse de continuar la marcha para hablar por el celular; a saltarse el semáforo en rojo, virar en "u" y hasta meterse contra vía, porque no hay autoridad que le reclame. Y, si lo hace en la ciudad, cuando anda en carretera, no solo hace lo mismo, sino a más velocidad. Como es en las ciudades donde transcurre la vida cotidiana, es aquí donde debe construirse el hábito del respeto a las leyes de tránsito y donde debe acabarse con la impunidad, garantizando que habrá sanciones para quienes las infrinjan. Es sorprendente que no sea peor lo que sucede, dadas la anarquía y la impunidad actuales. La capital se puede cruzar sin encontrar un oficial de tránsito. No hay nadie para aplicar la ley y sancionar al infractor; y, si, por casualidad, un tráfico pasa en su motocicleta, lo usual es que siga como si nada. Quien cotidianamente viola las normas de tránsito en la ciudad no tendrá una conducta muy distinta cuando conduzca en carretera. Y, como la impunidad es madre de la insolencia, de seguro su irrespeto a la ley se acompañará de malacrianzas y violencias. Los choferes aquí respetan los semáforos solo si quieren; para los motociclistas estos no existen. Por donde se transite no hay nadie que haga cumplir la ley, por lo que da lo mismo respetarla o no. La impunidad es tan evidente y el irrespeto tan generalizado, que quienes obedecen las señales de tránsito son mirados como tontos, inútiles y torpes. Nada efectivo se logrará con multas y sanciones más fuertes, salvo, quizás, más incentivos a la corrupción. Lo primero que se necesita es patrullar las calles e imponer la ley, hasta convertir en hábito su acatamiento y el de las señales de tránsito. Hay que acabar con la impunidad y aplicar realmente las sanciones sacando, aunque sea a la fuerza, a las autoridades de tránsito a las calles. Sin ello, la imposición de más leyes y más multas, además de un nuevo autoengaño, solo será papel mojado.
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