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EDITORIAL

Una reacción ejemplar

La forma clara y solidaria como los diputados censuraron un acto de irrespeto en el plenario dignifica a la Asamblea Legislativa
La restauración del valor básico del respeto, en todas sus formas, en nuestro país forma parte de la agenda nacional


Las críticas formuladas en el plenario legislativo, el jueves pasado, contra la destemplanza verbal del diputado Óscar López (Partido Accesibilidad sin Exclusión-PASE-), a raíz de una decisión de la diputada Evita Arguedasb (Movimiento Libertario), quien presidía la sesión, no deben pasar inadvertidas. Lo ocurrido debe verse a la luz de los antecedentes, esto es, del espectáculo del plenario en el cuatrienio anterior que, en el orden del respeto a las personas, llegó a tal exceso que una reacción digna de los diputados, en esta ocasión, ha sido motivo de esperanzadores comentarios en el país. Cuando se recobra un bien perdido, se aprecia más su valor y su necesidad.

No es nuestra intención zaherir al diputado del PASE. Más bien, la reacción de los diputados debe servirle de lección. La curul es una cátedra y una vitrina de buen ejemplo de palabra y de hecho. Este episodio nos deja, por ello, algunas reflexiones En primer lugar, el optimismo, como expresamos, que suscita la comparación de esta reacción con el comportamiento de los diputados en los cuatro años anteriores, cuando el irrespeto se había convertido, en un grupo de diputados, en recurso dialéctico, y el desdén por el interés público, en un estilo político. El irrespeto fue, asimismo, moneda de curso legal en el Poder Ejecutivo. En segundo lugar, la esperanza de que este comportamiento siga impregnando el funcionamiento del plenario y de las comisiones legislativas, al margen de la diferencia de criterios, así como las relaciones entre las fracciones o entre estas y el Poder Ejecutivo.

La cuestión es de mayor calado. La queja sobre la pérdida o desafección por los valores éticos ha sido constante en estos años. El déficit en este campo es palpable, particularmente en lo tocante al valor ético básico del respeto, de palabra y de hecho, en las relaciones entre la gente o entre los ciudadanos y las instituciones públicas, o en el respeto a las normas de convivencia, a la moral pública, al ordenamiento jurídico y la verdad, el bien más despreciado en la política corriente. Así lo confirman también el irrespeto a la vida, a la propiedad privada, a la niñez o a la mujer, como se palpa en las informaciones cotidianas de los medios de comunicación. El irrespeto a la majestad de la Asamblea Legislativa y al acto mismo de legislar, prevaleciente en los cuatro años anteriores en la Asamblea Legislativa, no fue, desde este punto de vista, un simple episodio. Tampoco lo fue el estilo reinante en la Presidencia de la República. Esa conducta fue la expresión de una fractura ética que, poco a poco, se venía imponiendo en la política nacional y en las relaciones sociales.

Desde esta perspectiva aleccionadora y ética del buen ejemplo, de la función pública como servicio y como misión, de la política como escuela y, principalmente, de la urgencia de restaurar los valores básicos de nuestra sociedad, observamos lo ocurrido en la Asamblea Legislativa. La forma como los diputados, sin excepción, condenaron el exabrupto dignifica a la Asamblea Legislativa, expresa un compromiso moral hacia el futuro y puede ser una señal de cambio sostenido, tal como lo señalamos en nuestro editorial sobre la sesión legislativa del 1.° de mayo pasado. El respeto, entendido como reconocimiento de un valor moral en una persona, en una institución o en un ideal, o como abstención de todo aquello que puede maltratar una persona o una norma, debe volver a sentar plaza en nuestro país. Su vivencia y fortalecimiento son inseparables de la vida en democracia y libertad.

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